lunes, 20 de octubre de 2014

Más cantigas y más





El contraste entre el afinamiento y la música afinada resulta mucho más extremo que entre el silencio y la armonía. Por eso, agradecíamos mucho que los maestros de Ureña, antes de cada cantiga, afinasen tanto sus instrumentos medievales. Sazonaban el tiempo con algunas anécdotas. Por ejemplo, una señora les dijo al final de un concierto: "Muchos instrumentos medievales, pero he observado que gastan ustedes un afinador electrónico". "Y lo que es peor, señora, hemos venido en coche, no en caballo". Está claro, pensé yo, que hay instrumentos antiguos indispensables y otros innecesarios. La sabiduría está en distinguirlos. También notaron la humedad brutal en Jerez de la Frontera, comparada con la del páramo castellano. Y eso que no estábamos en el Puerto...



[Pero tengo que llevar a los niños a la parada del autobús. Luego sigo...]

viernes, 17 de octubre de 2014

Cantigas

Por razones obvias de extrema actualidad, me he puesto de nuevo a leer la Divina Comedia . En la confesión,  sin embargo,  me han recomendado que mejor rece el rosario. Anoche fui, dentro de los actos del Congreso Caballero Bonald, a un concierto de Los maestros de Ureña sobre las  Cantigas a Santa María.  Resultó un equilibrio perfecto, un justo medio, una medicina del alma.

Mañana,  D. m., crónica.

jueves, 16 de octubre de 2014

Teresas


Ayer felicité a varias Teresas, tan contento de celebrar también así a la santa. Me acordé entonces que en la última adolescencia tuvimos unas buenas amigas que se llamaban casi todas Teresa. Y que con ninguna de ellas mantengo ni el contacto suficiente para felicitarlas por correo electrónico ni por whatsupp siquiera en un día grande como el de ayer. Eran Teresa Chávarri, Teresa Alfaro, Teresa Torres-Cabrera. Quizá se busquen algún día en Google y se encuentren aquí (¡hola, muchas felicidades!). Con una me cruzo apresuradamente en verano, de otra veo a su hermano a menudo y de la otra saludo a sus padres, que están muy bien, de higos a brevas. Qué cosas. La melancolía del paso devastador del tiempo y la alegría de que nada puede contra el cariño, nada.


martes, 14 de octubre de 2014

Lástima


Qué lástima descreer del psicoanálisis ni tener tiempo, porque rastrear los motivos de la obsesión de Martín López-Vega con Miguel d'Ors tendría su curiosidad. Los de su obsesión con el peinado, en cambio, no hay que investigarlos.


lunes, 13 de octubre de 2014

¿Mío, tuyo, nuestro?


En Twitter Francisco Aranguren fotografió una página de Lo que ha llovido y a mí me encantó verme allí. Luego fotografió otra con un poema mío, que le gustaba mucho. Empecé a leerme, y me entró el vértigo de no recordarme ese poema, que también me iba gustando lo mío. Qué sensación más curiosa. 


Pero, ay de mí, para una vez que tengo buena memoria es mala. Recordé enseguida que era un poema de José Luis Tejada. La confusión de Aranguren se comprende, al ir entero, en un libro mío y en página exenta; y sobre todo se agradece, como un honor que me hace. Me habría gustado, sin embargo, llegar al final y ver cuánto tardaba, sin ayuda de la memoria, en detectar que el poema no era mío, ojalá, y por qué no. Pena de experimento, aunque la conclusión ya la tenemos: los poemas, todos si buenos, son nuestros. Y, además, la sensación, por corta que fuera, resultó estupenda. 


domingo, 12 de octubre de 2014

Leer con tijeras


Tiene Jesús Cotta la bonita costumbre de mandarnos por correo electrónico un poema a la semana con un breve comentario suyo. El de ayer era de Antonio Hernández. 

La paradoja    
        
Me pegó mi padre, poco, pero un día. 
         Mi hermano mayor, otro día, fuerte. 
         Me pego mi madre sin usar las manos. 
         Me pegó el maestro con pena y con rabia. 
         Mas ninguno de ellos llegó a lastimarme 
         como luego la vida, cuando me quitó 
         a mi hermano, a mis padres y al maestro. 
         La paradoja, Dios, la paradoja.  
          Ahora, por fin, ya podrán perdonarme.

Es, a mi entender, un poema precioso, incluso con su "mas" y todo; pero el verso final resulta contraproducente. Y ya puestos, también el penúltimo. Sospecho que la idea del poema le resultó al subconsciente de Hernández tan políticamente incorrecta, que la emborronó —acto reflejo— un tanto. O quizá es que, desde que escribo, como recomendaba Luis Felipe Vivanco, con tijeras, leo también con tijeras. Si estoy equivocado, no dudad en avisarme, por favor.