viernes, 24 de junio de 2016

Pavoroso


En los muy generosos resúmenes de mis intervenciones compostelanas, Ángel Ruiz no incluye algo muy interesante porque no lo dije. 

Sí recite este poemita inédito:



PIDO MÁS

Me gusta oír a los enamorados
demorándose hablándome prolijos
de las muchas bellezas de sus novias,
de las del cuerpo y de las del alma.

Me gusta más aún si las conozco
y yo jamás les vi tales encantos.
Asiento deslumbrado y pido más.

Soy un ciego al que explican los colores.

Y conté, en plan anécdota del destino, que lo escribí en abstracto, sin un caso que me lo motivase, pero que a los pocos días un amigo me hablaba maravillas para mí ignotas de sus hijos y que vi asombrosamente realizado mi poema. Lo que no expliqué en mi disertación fue esto: que la poesía encuentra a menudo la verdad de forma preventiva, que se adelanta, lo que podría haber enlazado con la condición de "vate", y haberme dado un juego excelente.

Me acordé ayer, leyendo Anécdotas del destino, precisamente. El narrador del cuento "El buceador" dice: "Para un poeta resulta pavoroso descubrir que su historia es cierta".

Y lo resulta, pavoroso, aunque sea en una cosa tan pequeña. 


jueves, 23 de junio de 2016

Morriña (una explicación)


No tengo sangre gallega. Sí vasca, catalana, alicantina y, sobre todo, andaluza. Sin embargo, han bastado cuatro días cortos en Galicia para que ahora me descubra, asombrado, una nostalgia muy melancólica de allá. "¿Cómo es posible?", me interpelo. Cuando he vivido fuera de casa, no he sentido este sentimiento de pena dulce. Y como veía que los gallegos sí, pensaba que era una cosa como céltica o así. Pero no: es geográfica. Además de los encantos del lugar, requisito sine qua non, sucede, si no me engaño, lo siguiente.

Entre la lluvia abrillantando las piedras y corriendo calle abajo, los verdes profundos y brillantes y ondulantes, entre los acentos dulces, entre todo, y sin mentar al ribeiro, en Galicia se logra una extraña forma de felicidad que te aprieta el corazón. Luego, cuando uno ya no está allí, se acuerda y la nostalgia le aprieta el corazón igual que entonces, y subconscientemente, ese ahogo sentimental te recuerda vivamente al que sentías a cada paso en Galicia, y no dejas de estar allí sin estar, retroalimentando el sentimiento. Eso hace agudo, intenso, repleto y abismado el vacío interminable.

Un andaluz se pone triste de recordar su tierra, pero esa tristeza no le recuerda a su tierra y ahí se acaba todo. Con Galicia no es tan simple, y es mejor, porque la memoria se riega a sí misma. Uno puede pasar apenas cuatro días en Galicia y echarla de menos casi como un gallego, digo yo, porque más parece inconcebible.






martes, 21 de junio de 2016

Unos días de invierno


Antonio Moreno publica un libro de haikus, en Renacimiento, con una cubierta que quita el hipo de bonita:




Y por dentro:

Allá a lo lejos
el azul de los montes
no es ya de piedra.


 Sin mudar ni una
 sola piedra, mi fe
 mueve montañas.


¿A qué jugaba 
en su niñez quien hurga 
en la basura? 

* 

El polvo al sol 
trae su función de magia: 
"Estoy; no estoy".




lunes, 20 de junio de 2016

Ágrafo


Si viajo con Leonor, no tomo notas. Sería muy romántico pensar que mis notas de viaje son siempre para ella, para ir contándole lo que he visto, aunque es todo mucho más sencillo.  Con ella, estoy atento, pero a ella. No salgo de casa. Aunque vemos por una ventana nueva, limpia y asombrosa.






jueves, 16 de junio de 2016

En Compostela


Me he propuesto ir leyendo en el tren, pero leo en los subtítulos de la televisión que Gabilando entrevista, muy serio, a un propio que habla de en 2045 la muerte será voluntaria y que las religiones devendrán obsoletas, porque los curas se quedarán sin el más allá... Los niveles de adoctrinamiento de nuestra sociedad son orwellianos. Pero como yo me he propuesto ir leyendo, pienso: "Contradicción: Si yo no muero, no morirá la religión". "Muerto sí me verán, mas no mudado", y si no me ven fiambre, pues menos mudado aún.

*

Hay que avisarlo todo, por lo visto. En el aeropuerto:



*

Desde el avión, con el sol, tras la lluvia, las carreteras brillaban como ríos.

*

La comandante nos cuenta: "En Santiago llueve, hay rachas de viento, hace frío y bancos de niebla, van a disfrutar de una ciudad maravillosa". Luego, por la noche, paseando, comprobaremos que, en efecto, en Santiago importa mucho más el espacio que el tiempo.

*

Pero aún no habíamos aterrizado y yo iba contemplando los calistros desde una altura que los favorecía, porque se les veía pequeños, como de juguete, a la vez que se adivinaba su envergadura. Entonces, de pronto, sin bajar más, aterrizamos. La explicación lógica será que el aeropuerto está en lo alto de un monte. Yo no puede evitar un recuerdo al famoso adagio de que nunca se sabe si un gallego sube o baja. !Hasta en el avión!

[Luego me advertirían de que no hiciese broma con los tópicos, pero como ésta se me ocurrió aún en el avión estaba todavía con inmunidad diplomática]

*

Entramos por el arco de un arco iris. Lo extraño suyo no es tanto su belleza sino que todos lo veamos en el mismo sitio. Le pegaría más más subjetividad, como si fuese un sueño y una alucinación. Pero se empeña en ser y en estar. "El arco iris" señalábamos todos, y era al mismo sitio.

***

jueves, 9 de junio de 2016

Romanticismo irremediable


Aunque al principio se confunde con el amor, el romanticismo, a medio plazo, lo destroza. Quisiera ser muy antirromántico, pero termino atrapado por sus brazos. Leonor y su preocupación hipotecaria acaban emocionándome de un modo prerrafaelista. Y me pasa igual con sus reservas y desdenes. Me la llevo un fin de semana largo de viaje. Es lo que se llama "un planazo". Todas sus amigas ponen los ojos en blanco cuando se enteran de "nuestra escapada romántica" a Galicia. Pero ella está con una pena, penita, pena, porque se pierde la fiesta de fin de curso de los niños. Suspira por las esquinas. "Ay", me dice cada dos por tres. Yo disfrutaba del antirromanticismo radical de la escena, con su defensa implícita de la familia por encima de todo y sus raíces bien arraigadas al terruño, hasta que, de pronto, me he dado cuenta de que será, ay (digo yo esta vez) la apoteosis del romanticismo. 

Nada de escapada posmoderna: lo mío va a ser un rapto.