lunes, 27 de febrero de 2017

Beneficios de la siesta



Si duermo siesta, luego, por la noche, ya no puedo protestar por lo poco o nada que he leído durante el día. La respuesta es de contestador automático: "Pero la siesta bien que la has dormido, eh". No hay réplica posible, desde luego. A lo que tengo que sumar las dudas sobre mi escala de valores o de sopores. 

De todo lo que yo le debo a la siesta, este silencio expeditivo no es su menor beneficio. Gracias a la siesta no soy tan llorón ni tan quejica ni tan repetitivo. La siesta me endurece y me incita a sufrir en silencio.



sábado, 25 de febrero de 2017

Excitante rutina


Comienzo una colección a la que espero que contribuyáis. Si sabéis dónde puedo encontrar nuevas piezas, decídmelo, por favor. Voy a coleccionar rutinas. La mía no me basta y, además, siempre se interrumpe. 

He hecho mi propósito hoy, leyendo Un retrato de Jane Austen de Sir David Cecil, cuando describe la vida de Austen en Chawton. Jane, con 34 años ya se ha hecho a la idea de quedarse soltera y de consagrarse a sus libros: "My books are my children".  Se levantaba muy temprano, antes del desayuno, para practicar al piano. Aunque nunca se tuvo por especialmente musical ni por entendida, sus sistemáticos madrugones hablan de un amor por la música más firme de lo que ella dejaba entender. Ni Elizabeth Bennet ni Emma Wodehouse son excelentes pianistas ni cantantes, pero tienen encanto y una secundaria afición. Debe de ser un trasunto biográfico.

El desayuno lo preparaba ella. En general, era muy aficionada a la buena mesa, lo que me place, naturalmente. También le interesaba cuidar de la casa, aunque su hermana mayor estaba oficialmente a cargo. Tras el desayuno y hasta la comida se dedicaba a leer y a escribir. Escribía en un pequeño mueble de caoba situado en el salón comedor. No tenía habitación individual ni despacho y el cuarto de estar estaba ocupado por las otras señoras de la casa (su madre, su hermana y una amiga que vivía con ellas). Una de sus pocas rarezas de carácter es que era extremadamente cautelosa con la escritura. No quería que nadie, más allá de sus íntimos, supiese que lo hacía. Por eso su empeño en no firmar con su nombre, en escribir en cuartillas pequeñas, para poderlas esconder en cuanto apareciese alguien por la casa, y en no engrasar la puerta, para que el chirrido diese la voz de alarma de que alguien se aproximaba. 

Su hermana Cassandra era más caritativa. Jane tomaba cierto interés en las misericordias de su hermana y la apoyaba desde casa, pero no la acompañaba de puerta en puerta.

Tras el lunch al mediodía, daba un paseo. Por su jardín, si el tiempo era malo, o por el pueblo, si quería hacer alguna compra; o por las tierras de Chawton Great House, que eran estupendas y por las que podía ver corzos y venados.

Cenaban temprano, entre las tres y las cuatro y media. Después, o cosían o jugaban a las cartas, pero siempre charlando animadamente. Apenas tenían conversaciones solemnes. Según contaban sus sobrinos, todo era muy divertido, salpicado de estallidos de carcajadas. Jane algunas veces se divertía con pequeños juegos de manos como la taza y la bola, en los que era especialmente hábil. Siguiendo una tradición familiar, también leían en voz alta. Novelas, sobre todo, pero a veces poesía. Seguramente leyeron a Byron, pero Jane se reiría de tanta afectación sentimental. Le gustaban mucho los poemas de Cowper, de Johnson y de Crabbe. Alguna vez bromeó con la idea de ser la mujer del último o de confortarlo cuando supo que se quedó viudo. Cosa que, extrañamente, me pone celoso con doscientos años de retraso.

También me da mucha envidia su deliciosa rutina, que sólo interrumpía de vez en vez para hacer una visita a la casa de algunos de sus hermanos. Quizá ése sea el peligro de mi nueva colección: que fomente mi envidia.


jueves, 23 de febrero de 2017

Visto y no visto


Antes, cuando iba y volvía en tren, daba para mucho traqueteo ir a Madrid. Ahora que, por no perder horas de instituto, voy en avión, el viaje pasa volando.
*
Aturdido, apenas avanzo en el sistemático y esclarecedor resumen que ha hecho Domingo González en René Girard, maestro cristiano de la sospecha.  Jerónimo Molina Cano me lo recomendó vivamente  y (recomendación mimética) vivamente lo recomiendo.
*
Un nudo en la garganta. Como Leonor estaba de viaje de trabajo, los niños me ayudaron a hacer la maleta. Carmen miraba (y acariciaba) las camisas y los pantalones para escoger los más bonitos y delicados. Como Quique iba por detrás, pero también quería trabajar en la maleta, se concentró en las corbatas. Ya en Madrid, al abrir la maleta, he contado ocho.
*
Reluciente. También incluyó Quique (ya digo, dispuesto a no quedarse atrás) una esponja para limpiar zapatos. Yo llego a la lectura con los míos relucientes. Nadie se fijará. La gente es más de fijarse en los zapatos sucios. En los zapatos y en todo lo demás, ya sean errores o erratas, que tanto tengo siempre, y más últimamente.
*
Antes, en el aeropuerto había remediado el almuerzo con Alfredo Félix-Díaz, que regresaba a Alemania. Se enteró de que iba a Madrid gracias a una oportuna mención de Ángel Ruiz en Facebook. A la alegría de ver al amigo, se sumaba la de vencer las dificultades de siempre de vernos y de una forma tan peliculera, tú a Berlín, yo a San Dámaso. Allí, además, tuve una relevación girardiana. Cuando nos fastidia que alguien nos hable de su libro, es por pura rivalidad mimética: porque queremos hablar del nuestro. Sin embargo, por una vez yo estaba venciendo el magnetismo mimético, porque la amistad y la admiración son así: Alfredo me hablaba de su libro y yo pensaba que la conversación era apasionante. (No quiero parecer beatífico: casi nunca me pasa.)
*
En la conferencia de Fernando Ariza sobre la poesía de Emily Dickinson, una revelación: ella se consideraba una “monja rebelde”, por au amor a la reclusión, a la soledad, al silencio y por veneración a lo sagrado. Más tarde, yo leeré el poema de Mario Quintana “Si fuese sacerdote”; pero no seré capaz de improvisar una teoría sobre la consagración paralela que implica la poesía, y la tenía delante de mis ojos.
*
Además olvidé contar, liándome con una anécdota,  lo importante que he descubierto gracias a esta invitación. Es en “Otro autobiografía”:



La anécdota es que en el poema perpetré el andalucismo de escribir “no preocuparos” en vez del ortodoxo “no os preocupéis”. Luego caí en la cuenta de mi error garrafal (otro) y pensé que el soneto no serviría para nada y que ya no lo podría corregir porque en un soneto las rimas cristalizan. Hasta que vi, deslumbrado, que me venía muy bien la equivocación para mostrar gráficamente cómo voy, en efecto, equivocándome. Yo metía la pata y la Providencia me echaba una mano. Salvaba el soneto por los pelos. Pero la anécdota me hizo olvidar la categoría. Como se sabe, mi soneto está replicando al poema famoso de Luis Rosales, “Autobiografía”. Como las jornadas en la Universidad San Dámaso eran sobre “Religión y poesía” yo había hecho la selección de mi poesía más confesional. Y al hacerla, había descubierto --aunque ya digo que no lo dije-- que la razón de ser de la alegría del poema, a pesar de haberme equivocado en todo, está en las Personas y en las personas con que comienza el poema: Dios, Leonor, amigos míos…
*
Hablando de amigos, qué compañía ver entre el público a Carmen y a David Arias. En una lectura de poesía deben de estar los que pasan por allí, los interesados, los aficionados y los amigos. Sin esas cuatro patas, se tambalea. Carmen y David me sostenían.
*
En la cena --entre los techos altos y señoriales de la casa del anfitrión, la dulzura de la anfitriona, el encanto de los anfitrioncitos, el vino abundante, la euforia `pr los nuevos conocidos-- hablo demasiado. (Leonor dirá que no me hace falta nada de lo anterior para hablar demasiado.)
*
Dos momentos delicados. Me preguntan quién es mejor poeta, si Jaime o yo. En una milésima de segundo tengo que decidirme entre la candidez y el cinismo. Trato de que el anacoluto me eche un cable: “El mejor es… yo”. Noto que mis contertulios habrían preferido la candidez y trato de arreglarlo y es peor.
*
Cuentan la muerte monárquica del astrónomo Tycho Brahe. Ante el rey de Bohemia no tuvo cuerpo de decir que tenía que ir al baño, y explosionó por dentro. Recuerdo entonces a mi primera novia preadolescente. Iba a verla en tren desde el Puerto a Puerto Real y echábamos la tarde dando paseos. Me parecía una afrenta a aquel amor platónico bajar a la ordinaria administración y  decir que tenía que orinar. No llegué a morir como Tycho, pero volvía en el cercanías con los ojos llorosos y dando saltitos. Yo veo que era una historia bonita y que aquella novia era tratada como una reina (de Bohemia), pero tal vez quedó rara contada a unos recién conocidos por un señor de cincuenta años. No sé, porque el vino era excelente, y la compañía, y en fin…
*
El hotel tenía innumerables ruidos, pero ninguno humano.
*
En el aeropuerto, a primera hora, la cola del control está atestada y no avanza. Un noruego (por lo rubio, digo) se cuela y cunde la indignación más unánime. Vuelvo a acordarme de Girard, al que leeré en el avión. Y entonces una chica se cuela con cara de angustia porque va a perder el avión y le gritan los vigilantes y el monstruo de la masa va a abalanzarse sobre ella. Entonces se me ocurre un experimento. Digo en voz alta: “Pobrecita, qué angustia, el estrés nos va a matar, esto no es vida, ojalá llegue a su avión”. La crisis mimética se paraliza, hesita y cambia de signo. Todo el mundo reconoce la inocencia de la víctima a la que ya consideraban culpable. Se multiplican las muestras de empatía y los buenos deseos. La chica me mira, agradecida, y yo no me atrevo a decirle que todo el mérito es de René Girard.
*
Con la dudosa voz del alba, saludo, albarazado, alborozado, a María Blanco, que fue mi profesora de Derecho Canónico en Navarra. Los aeropuertos propician encuentros caídos del cielo. Lamento no estar en estado de revista, como ella se merecería, más afeitado y, sobre todo, más delgado, como entonces. Claro que fue ella la que me enseñó, en el campus, que el chocolate era un magnífico antidepresivo, así que, de alguna manera, podría culpabilizarla de mis cambios morfológicos. Pero no tengo tiempo que perder en tonterías. Hemos de aprovechar el encuentro. Le pregunto por el nuevo proceso de nulidad. Vuelve a ser la profesora clara y apasionada de hace veinte años. He de embarcar y a uno, de estos breves encuentros, siempre le queda la sensación de que no ha dejado claro cuánto se ha alegrado, cuánto. Entiendo la razón de ser de un abrazo, que aquí no procede, pero que hubiese sido terminante.
*
Desde el avión, una visión. Una autopista se ensancha justo en su cuello de botella, paradójicamente. Allí donde están las cabinas para el pago del peaje, la autopista se abre en una explanada inmensa, en una tremenda torta de asfalto. Es una imagen, presiento, que habrá de servirme para algo. Quizá para entender la poesía actual, más ancha donde más atascada. Cuando fluía, antes, y cuando fluirá, después, irá más delgada y más recta, más sola.





domingo, 19 de febrero de 2017

Las confesiones de un pequeño filósofo


El día empezaba bien, pero no para Quique. Su pantalón de lana le picaba. Le dije que tenía que ponérselo, que a mí también me picaban los pantalones cuando era pequeño y mi madre me los ponía y que es un clásico de la infancia. Se conformó.

Comíamos en el Club Náutico. Los niños terminaron antes y se fueron a jugar. Los mayores seguíamos en la mesa. Llegó Carmen corriendo. ¡Quique se había caído al río! Corrí. Cuando bajé el pantalán, me lo encontré entre el barco y la madera, en el agua fría de febrero y barrosa, sostenido por los brazos por su prima Beatriz.

Mi hermano Nico, que corría por detrás de mí, me dijo: "Hazle una foto, hazle una foto", pero yo no estaba para fotos, y lo saqué chorreando, llorando y sangrando del agua. Goteaba por partida triple. Ya en la madera sí me atreví a hacerle la foto. Me ha servido para descubrir, más tarde, por detrás la cara de consternación de Carmencita.



En tierra, le echaron por encima un mantel del restaurante para secarlo. Me lo llevé a casa, mientras los demás seguían con su almuerzo. Los mozos del Náutico nos veían reírnos y nos reñían: "Podría haber sido muy serio". "Por eso mismo nos reímos, porque no lo ha sido". Podía haberse ido debajo de un barco o de un pantalán o haberle empezado a pesar mucho la ropa empapada. Beatriz podría no haberlo pescado o Carmen haberse entretenido con el salvamento en vez de avisarnos tan rápido. Claro que nos reíamos. Y Quique lloraba y reía y daba tiritones.

En el coche repetía, como un mantra: "Esto no me ha gustado nada", "Esto no me ha gustado nada", "Esto no me ha gustado nada"...

"Naturalmente", le digo, "podías haberte ahogado"... Y me contesta: "Tan pronto. Entonces ¿para qué habría vivido?" Yo le tengo que explicar que ya vive para siempre, pero no tenía cuerpo más que para reírme, nervioso.

En casa, los dos solos, le he preparado un baño muy caliente, y ha dejado de dar tiritones: "Este agua sí que me gusta".

Ya con pijama y con otro ánimo, ha decidido aprovechar la aventura para algo: "Yo creo, papá, que el pantalón ése trae mala suerte".


sábado, 18 de febrero de 2017

Voluntarismo estético


Escucho a mi derecha: "¡Qué guapísimas estáis, hijas!" Me vuelvo, como es lógico. Una señora mayor y popular se dirige así a dos señoras de cincuenta años vestidas de fiesta o de boda, que acogen el piropo con grandes sonrisas de aprobación. Trajes de varias capas y variados colores, profusión de cosméticos, una cinta plateada en la cabeza, muy años treinta, y grandes tacones, inestables como las sendas permanentes. El resultado deja mucho que desear, siendo honestos, y uno sospecha que estarán bastante mejor en los días corrientes ("quizá, quizá tienen razón los días laborables"), pero no deja de emocionarse por esta muestra de voluntarismo estético, al que tan sensibles son las mujeres. Querer ponerse guapas es un homenaje y embellece, al menos, el rito o la celebración y, desde luego, el alma.


jueves, 16 de febrero de 2017

La errata creadora



También ha salido la tercera entrega de mi diario, que sale del blogg. Yo estoy muy contento porque 1) dudaba si estos años tan intermitentes darían para un diario, y han dado; 2) por la dedicatoria, que es lo que prefiero de mis libros: dedicarlos; 3) por el título; 4) porque sale en Númenor, que es como no salir, como estar en casa, en una mezcla de discreción y afirmación; y 5) por el colofón:




A cambio, tengo más miedo que vergüenza y cierto apuro por la insistencia (exactamente el etcétera ése, tan largo). Por eso me ha divertido tanto una errata enorme, terrible, increíble, pero a la vez creadora. Había una entrada titulada "Par délicatesse", que, por los duendes de la imprenta, ha salido completamente en blanco.

Ya hace bastante raro de por sí, pero el caso es que hay otra entrada que defiende, contra la sospecha de las erratas, el valor del espacio en blanco: véase. De modo, que el lector atento creerá ver en esa entrada titulada "Por la delicadeza" seguida de un gran espacio en blanco, un mensaje en clave.

Y, aunque no fue mi voluntad, qué creativa errata, porque a estas alturas mías de grafomanía, qué delicadeza mayor que callarme un poco.