lunes, 31 de diciembre de 2007

Poesía preventiva

El poema sobre la Nochevieja es de Pablo Casares (San Sebastián, 1972). La negrita (o azulita) es mía:
Los bares clausuran otro año.
Un grupo de jóvenes golpea una máquina de refrescos.
Un coche a todo trapo cruza la avenida.

Te cojo de la cintura y te aprieto contra mí.
Me alivia saber que nos estamos haciendo viejos para esta noche.

domingo, 30 de diciembre de 2007

Rendidos

Por fin he comprendido a los progres. No corroen la tradición, ni cambian el mundo, ni asedian a la Iglesia, aunque lo parezca y/o lo pretendan. No hacen más que rendirse, los pobres.

Se vio con la ETA. Negociar con los que asesinan para que por favor lo dejen, es —como les señaló media España— ponerse de rodillas. En verdad teníamos que haberlo visto mucho antes: un progre es un marxista que se ha entregado al capitalismo, si me perdonan la contradicción, que es de ellos. Aunque yo reconozco que sólo ahora, con lo del aborto, he comprendido del todo que la rendición incondicional es la esencia del progreso. Había una ley y esa ley no se cumplía hasta que llegó una jueza que la aplicó; y entonces ellos deciden cambiar la ley para despenalizar todas las conductas ilícitas. O sea, que —dispuestos a no enfrentarse jamás al delito— se apresuran a declararlo legal.

Los ejemplos podrían multiplicarse. Educar es esforzado, ¿verdad?, pues entonces no se educa y se prohíbe hasta el pedagógico cachete. Y si los alumnos suspenden, para evitar el fracaso escolar, se les permite pasar de curso con cuatro suspensos, hala. El problema no se resuelve; se disuelve en una pasta gelatinosa y tibia de vaguedades y demagogia, donde se camuflan a gusto.

Sus relaciones con los dictadores son análogas: ¡venga diálogo con Gadafi, Castro y Chávez! Ni por la democracia que tanto invocan se esfuerzan lo más mínimo. Con el Sáhara y el Sultán de los Creyentes Mohamed VI igual, o sea, nada. Su defensa del divorcio es, bien mirada, una exaltación de la derrota, ¿o no? El divorcio nunca es una lucha si exceptuamos la feroz en los juzgados por ver quién se lleva la pasta. La lucha heroica sería tratar de salvar los matrimonios.

Son esas mismas ganas de rendirse lo que produce la rabia sorda, un punto acomplejada, contra los que no nos conformamos. También lo que explica su enorme éxito de crítica y público, porque no pelear parece más confortable y comercial.

No son tan fieros como se pintan: son acomodaticios y blanditos. Quizá inocentes, porque todo lo inocula su ideología. Creen en serio ese insulto a la inteligencia —que decía Cioran— de que la historia progresa inevitablemente. Y, creyéndoselo, resulta lógico que se dejen arrastrar por la corriente, limitándose a flotar, haciendo el muerto.

sábado, 29 de diciembre de 2007

Jo, Joseph Joubert

La literatura. A lo que no tenga encanto y cierta serenidad no podremos llamarlo literatura. Incluso en la crítica debe hallarse alguna amenidad; si falta por completo, entonces ya no es literatura. En los periódicos encontramos todo el tiempo esta repelente controversia. Donde no hay ninguna delicadeza no hay literatura.
*
Cuando las palabras están bien escogidas son abreviaciones de frases.
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Que las palabras se separen bien del papel: es decir, que se fijen fácilmente en la atención, en la memoria, que sean fáciles de citar y desplazar.
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Podemos muy bien imaginar e incluso imitar el estilo de los hebreos y de los griegos sin saber una palabra de su lengua, pero no sin conocer a sus escritores.
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Voltaire tenía el alma de un mono y el ingenio de un ángel.
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Hay mil maneras de decir lo que se piensa, y una sola de decir lo que se es.
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La ignorancia, que en moral atenúa la falta, es en literatura una falta capital.
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Escribiendo demasiado arruinamos nuestro espíritu; no escribiendo, lo oxidamos.
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Es imposible volvernos instruidos si sólo leemos lo que nos gusta.
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Mis descubrimientos (y cada cual tiene los suyos) me trajeron a mis prejuicios.
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Tres condiciones son necesarias para hacer un buen libro: el talento, el arte y el oficio. Es decir: la naturaleza, la factura y la costumbre.
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La verdadera profundidad viene de las ideas concentradas.
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Todos nuestros instantes de luz son instantes de dicha. Cuando hay claridad en nuestro espíritu, hace buen tiempo.
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Para escribir bien se necesita una facilidad natural y una dificultad adquirida.
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En los trabajos del intelecto el cansancio previene al
hombre de la esterilidad del momento.
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La alta filosofía nos enseña a no ser demasiado filósofos.
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No puede hallarse poesía en ningún lado cuando no se lleva dentro.

Joseph Joubert. Sobre el arte y la literatura. Periférica, 2007

jueves, 27 de diciembre de 2007

La naturaleza imita al arte

Acabo de llegar de un funeral en el que varios amigos habían leído, con aprobación, mi artículo de ayer. Lo curioso es que dos (sí, sí, dos, y ni uno menos) me han dado unos cachetitos: plaf-plaf, mientras me lo celebraban. Jolín, qué cuidado hay que tener con lo que uno elogia.

Un silencio chestertoniano

O sea, de los gordos. Se me ocurrió una paradoja para el artículo de ayer que me callé: la de que el Estado ve con malos ojos que los padres (que nos quieren tanto) den un coscorroncete pero no que la policía nos reduzca con la porra o, en su caso, con la pistola. Chesterton --tan anarquistoide-- se hubiese relamido con el contraste, tan suyo. Él podía, en un mundo bastante más sólido. Yo, sin embargo, tengo que andarme con pies de plomo, no vaya a leerme Zapatero y a gustarle la idea y a dejar a los pobres polis inermes, que él es capaz.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Elogio del cachete

Desgraciadamente no puedo elogiar el cachete por experiencia propia. Ni tengo hijos a los que dar “una corrección razonable y moderada”, como decía antes el Código Civil, ni mis padres me dieron los cachetes que yo me merecía, lo cual me temo que explica demasiadas cosas. Aunque alguno me dieron, a Dios gracias.

Mis padres, tan extraordinarios en otros aspectos, en esto fueron de lo más ordinarios. La paternidad lleva implícito un cariño desbordado por los mocosos, que, visto desde fuera, resulta bastante sorprendente. Ese cariño insondable les dota de una paciencia sobrehumana y también les retrae bastante a la hora de soltar un coscorrón. Los amigos de los padres o sus vecinos, personas de tímpanos delicados y de paciencia humana, daríamos con gusto el razonable, el moderado coscorroncete, pero no entra dentro de nuestras facultades. La naturaleza es muy sabia y concede la autoridad a quien la usará de forma muy comedida.

Por supuesto, siempre hubo excepciones: padres malas bestias, pero a ésos se les aplicaba con toda justicia el Código Penal. Lo extraño de la nueva reforma es que el Estado prohíbe a los padres normales ejercer el derecho ancestral de educar a sus hijos con el punto y aparte de un cachete. Ahora, por norma, se establece la necesidad de dirimir las discrepancias “con respeto a la integridad física y psicológica” de los menores. ¿Y la integridad física y psicológica de los mayores, qué?, preguntaría uno, que al menos en esto es un observador imparcial (y muy preocupado, por cierto, con lo que observa).

Desde un punto de vista propagandístico, la medida es una torpeza, porque la Educación por la Ciudadanía ya había despertado en amplios sectores de la sociedad la sospecha de que el Gobierno se mete donde no lo llaman. Esta prohibición del cachete levantará aún más suspicacias en los que ven mal que se intervenga la educación de sus hijos. Y desde un punto de vista práctico, cómo se aplicará: ¿crearán un fiscal anticachete, una brigada antiazotanina o esperarán a las denuncias de los ofendidos chavalines?

Algunos han señalado la paradoja de que sean los mismos que están por la labor de permitir que trituren a los fetos de hasta 30 semanas los que prohíban ahora que se les dé una palmada en el culete a los niños a partir de los 40 semanas. En el fondo, no hay tal. Con sus evidentes diferencias, ambos casos son maneras de quitarse un problema de encima. Lo difícil para los padres es educar, reñir e incluso pegar un cosqui si resulta necesario. Nos lo decía mi madre, la pobre, cuando no le quedaba más remedio que darnos una torta: “Me duele más a mí”.
[Grupo Joly]

lunes, 24 de diciembre de 2007

¡Feliz Navidad a todos!

VILLANCICO

Cada año nace Dios,
¿para cuándo nazco yo?

Es Navidad novedad
que se repite incesante:
se nos pone Dios delante
hecho Niño en el Portal.
Y, en medio de la emoción,
no dejo de preguntarme:
"Cada año nace Dios,
¿para cuándo nazco yo?"

sábado, 22 de diciembre de 2007

Wislawa lo vale

Primero había acudido (por un regalo de amigo invisible) a la librería de viejo El Arrebato y me había entrado el ídem. Luego, por supuesto, a Hiperión, donde lo tenían todo y lo compré bastante. Menos lo nuevo de la Szymborska, que se había agotado. Bien por ella. Mal por mí. Entonces, cargado como un mulo (un mulo bibliófilo), bajé la calle Alcalá, con un frío casi burgalés. Bajo una llovizna en cursiva, crucé atestados pasos de cebra. Subí --el plástico de las bolsas y el frío cortándome las manos-- la Gran Vía, que es la gran cuesta. Todo en dirección a la horrible Casa del Libro, por ver si allí tenían a Wislawa. Porque ella lo vale y porque afirmé en una encuesta para la revista Chesterton que mi próximo libro iba a ser Dos puntos y quisiera cumplir mi palabra. Sudaba por dentro, me helaba por fuera. Todo estaba resultando muy polaco. La cuesta inacabable, las bolsas pesadas y eso que llevaba libros tan ligeros como Alada claridad de Yosa Buson o los 99 haikus de Ryookan o, por fin, a Florenski. Con un sudor amarillo que no presagiaba nada bueno, entré en la Casa de marras. Un bofetón de calor y humanidad cultísima. Tras varios intentos escaleras arriba y abajo, pregunté a un señor de allí, que ni idea, pero que si no lo he encontrado con esa cara de ansiedad y esfuerzo que llevo es que es imposible. Al salir, miro el escaparate. Estaba atestado, ajedrezado, con dos libros: Zapatero de Suso del Toro y Las benévolas de Jonathan Littell. Me entra el fervor poético y se me ocurre este extraordinario epigrama:
Tal para cual.
El fervor poético anunciaba el fervor febril y ando medio malo hoy, lo cual me ha impedido ir a un SPA con toda mi familia (política), ay. No he tenido más remedio que quedarme solo, en el cuarto del hotel, calentito, leyendo la antología de Ángel del Río de grandes moralistas castellanos (Editorial Éxito, 1968) que encontré en El Arrebato.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Argumentos

Me proponía firmemente correr un tupido, pudoroso velo sobre mis navidades en familia (política). Sin embargo, no se puede defraudar al respetable, y tendré que descorrerlo un poco. Mi muy respetable abuela (política) sigue, con noventa y cuatro años y mucho interés, mis Rayos y mis truenos, sobre todo desde lo de la compota. Hablando por teléfono con su nieta suele preguntarle (con un punto de guasa) por la bitácora. Ayer, anticipando las navidades, se dejó caer del todo: "Y Enrique, para su blog, va a tener muchos argumentos ".

jueves, 20 de diciembre de 2007

ay, yayay

Los que se preocupan tanto por mi salud moral y mi falta de humildad estarían muy contentos por la cura a la que me sometieron ayer. Y no es, no, porque después de mi conferencia sobre los villancicos, la cantaora, Ignacia la del tío Benito, o Benita la del tío Ignacio, levantara al público de sus asientos mientras que yo había recibido una discreta, consuetudinaria ovación. Eso va en los géneros y los estilos. La humillación fue la tila: nunca jamás una tila me crispó tantos los nervios. Había quedado media hora antes de la conferencia con el director del evento, que llegó tarde. Éste, meses antes, había entonado grandes loas a nuestra amistad para explicarme que no me pagaría por mi intervención. Tampoco -ni siquiera- la tilita, sino que cuando llegó la hora de pagar, miraba para otro lado. Luego, en el escenario, Benita o Ignacia, la del tío viceversa, habló constantemente de que le pagaban y que el dinero es mu malo (eso en dos fandangos mu, mu sentíos) y que no haría bises porque no entraban en el presupuesto, ay, yayay. Ya digo que eso fue lo que me dolió, en la cartera, o sea, en la dignidad, y no los aplausos entusiastas a la Benita-Ignacia, que se los merecía. De hecho, yo también aplaudí y me emocioné oyéndole cantar:
Pobrecita Virgen,
va pisando nieve,
pudiendo pisar
rosas y claveles.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Un pestiño

A estas alturas a nadie le extrañará lo más mínimo que los alimentos navideños hayan surtido generosamente el campo metafórico del cansancio y la torpeza. Que algo pesado y aburrido sea un pestiño es expresión que pudo sorprendernos mucho a principios de noviembre cuando probamos el primero del año. Ahora que llevamos entre pecho y espalda tamaño puñado de pestiños, la metáfora se entiende de sobra.

Lo mismo pasa con la descripción de alguien como que tiene un polvorón en lo alto. Por ejemplo, Moratinos; aunque del ministro sería todavía más exacto afirmar que lo tiene en la boca mientras farfulla afanosa, mofletudamente sobre la Afifanza de Cifilifafiones. Esto por limitarnos a los dulces más característicos, que la cosa se podría estirar a otras frases hechas, tales como andar con el pavo subido, dar la matraca o que nos den las uvas, todas de resonancias navideñas, pero poco festivas.

El habla popular ha andado aquí muy fina, porque efectivamente todo tiene un límite y lo cotidiano es mucho y feo. Si nos pusimos a comer turrones allá por septiembre, nada más volver de la playa, es lógico que lleguemos a la Nochebuena deseando que comience la Cuaresma, o, si quieren —por eso de la famosa Afifanza—, el Ramadán. Y quien habla de dulces lo hace de salados y de bebidas espumosas. Con las inexorables comidas de empresa uno alcanza la cena familiar al borde de su resistencia física y psíquica.

Qué lástima que, por haber comenzado dos meses antes con las luces y con los villancicos en los centros comerciales y con las degustaciones, vayamos ahora a pasar el día principal de las fiestas empachados y protestones, hartos en los dos sentidos de la palabra. En vez de admirar la mesa nos automedicamos almax y sal de frutas. En vez de aplaudir a la cocinera o al cocinero apuntamos el régimen de la lechuga. En vez de brindar comparamos pesos y tallas. En definitiva, en vez de felicitarnos por el derroche que supone que Dios se haya hecho Niño para redimirnos, estamos deseando que todo acabe pronto.

Aún estamos a tiempo, sin embargo. Yo me propongo —si me dejan— pasar estos días que quedan hasta la noche del 24 en relativa austeridad, acordándome del frío camino en burro de José y María hacia Belén. Por repetidas experiencias, sé que basta un día y medio de régimen para que el pavo trufado, los turrones, los pestiños, los polvorones e, incluso, el mismísimo conejo vuelvan a recuperar su originaria condición de suculentos manjares. Con cinco días de frugalidad, que son los que quedan, llegaremos a la Nochebuena con el espíritu y el estómago bien dispuestos para la gran celebración.
[Grupo Joly]

martes, 18 de diciembre de 2007

Insisto (lo siento)

El año 2004 escribí este villancico. Ahora se vuelve a hablar de la ampliación del aborto y yo lo vuelvo a entonar. Lo siento.

Con la ampliación del aborto
morirán más inocentes,
Gomorra exulta y las gentes
se odian… Hoy, Jesús, te exhorto
a que tu amor sea más corto
y no vengas al Portal…
No nos merecemos tal
derroche de paz desnuda.
Nos merecemos que acudas,
pero al Juicio Universal.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Con PISA, sin pausa

Que el informe sobre el estado de nuestra educación se llame PISA ha dado mucho juego a los articulistas con lo de la torre inclinada. Me parece bien, porque lo cierto es que en España la educación se derrumba. De hecho, me temo que la célebre torre seguirá en pie muchos años más que nuestra enseñanza. Y todavía más si ahora los políticos se ponen a legislar, que es lo que tiene peligro. Llevan años mejorando sin pausa la educación hasta la ruina total que contemplamos. No se han enterado aún de que el problema de la educación no es un problema de la educación.

Una sociedad obsesivamente igualitaria tiene un fondo de rebelión contra la excelencia y, por tanto, contra la cultura. No sería difícil, quizá, conectar esto con la escasa magnitud de lo que con generosidad llamamos arte moderno. Lejos de mí arremeter contra la democracia para la elección de nuestros representantes públicos. Sin embargo, permítanme recordar a Aristóteles cuando enseñaba que el mejor sistema político sería el que conjugase democracia, monarquía y aristocracia.

Aquí hemos bajado mucho el listón y nos conformamos, en vez de con el mejor sistema, con el menos malo, que sin duda es la democracia, como afirmó Churchill. Pero sin el contrapeso de los otros dos, la democracia se descontrola e impone sus simples criterios cuantitativos.

En el Instituto de Enseñanza Secundaria donde trabajo han organizado un club de lectura. Los extraordinarios alumnos que se apuntaron estaban muy desanimados porque apenas eran nueve. “La literatura es para pocos; nueve son suficientes y con sólo uno más se hubiesen salvado hasta Sodoma y Gomorra”, les dije. Me miraron raro. Luego me enteré que la elección (democrática, por supuesto) del libro a leer en común estuvo muy disputada entre Ruiz Lafón, Dan Brown y Paulo Coelho. Ganó Coelho. Así se entiende: si su idea de Literatura es un best-seller resulta lógico que quieran ser muchedumbre.

Para enderezar la educación haría falta un cambio de rumbo estético y ético: que se respetase lo mejor, que lo excelente se reconociera como tal. No pienso que sea imposible. Creo que no se quiere bajo ningún concepto. Y mientras tanto, se ponen parches legales a la debacle educativa. Sin pausa. Y en el próximo PISA, seguro que peor, ya verán.
[Publicado en Alba, recogido en la página de la Fundación Burke]

domingo, 16 de diciembre de 2007

El Mirador de los Vientos

Me anunció don Miguel d’Ors la salida del número 2 de la revista “El Mirador de los Vientos” con gran entusiasmo. Y llegaba al éxtasis cuando me ponderaba los versos de un tal González Romano que él no conocía (ni yo). Mi curiosidad se puso a cien.

Ahora, que he recibido la revista—con una portada muy chula—y la he leído enseguida, estoy de acuerdo con el maestro d’Ors [“Ay, el epigonismo”, dirá alguno]. No tanto [“Matando al padre, huy”, dirá otro] con la fiebre por Juan Antonio González Romano. Que está muy bien, ojo, como en esta soleá: “No quiero hacerme a la idea/ de que la vida que tengo/ es la vida que me espera”, pero al mismo nivel (alto) que lo mucho bueno de la revista, sin salirse.

Y uno que es malicioso por naturaleza, cae en que tal vez la cuarteta decisiva para don Miguel haya sido ésta:
Si quiero cambiar de tema
escribo punto y aparte.
Ojalá la vida fuera
tan sencilla como el arte.
Las cursivas son mías, desde luego; y de la lectura de d’Ors, sospecho.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Οἰδίπους ἐπὶ Κολωνῷ

Edipo con Antígona e Ismene juntamente, ¿serán el origen antiquísimo de esa expresión tan bonita y tan tierna de “las niñas de mis ojos”?

viernes, 14 de diciembre de 2007

Que mana y corre

Felicidades a todos, poetas. Hoy es San Juan de la Cruz, nuestro patrón --de unos más que de otros, claro, pero de todos, porque, como es santo, se apiada mucho de los malos poetas, y como es tan enorme escritor, entusiasma incluso a los más agnósticos (que es el caso de más de uno, pero no importa).

jueves, 13 de diciembre de 2007

Aurora Luque

Ayer en un acto poéticopolíticoeducativo, Aurora Luque lo bordó o la montó, según se mire. La habían llevado para que leyese algo suyo en el homenaje de los poetas docentes de Andalucía a la Generación famosa del 27 en su [esta vez] ochenta aniversario [y los que te rondaré, morena]. Ella se subió tranquilamente a la tarima y, en vez de un poema, cantó las verdades del barquero sobre el escaso respeto de nuestro sistema educativo a la literatura y a la cultura y hasta a la educación en general. Antes Antonio Carvajal había roto una lanza muy bien rota y Benítez Ariza, más a lo british, se había dejado caer con mucha intención. Pero la Luque se rompió la camisa. Un Rodríguez Adrados a la malagueña. El público docente (el político ya digo que no) rompió en un aplauso casi de ópera. Un ratazo: plas-plas-plas-plas-plas. Fue, en contra de lo que uno espera de los actos póeticopolíticoeducativos, emocionante. A la salida todo el mundo felicitaba a Luque por valiente y exacta y eso. A mí me dio pena que en plena vena reivindicativa nadie recordase que en sus libros hay, de repente, iluminaciones inolvidables, que habría que agradecerle lo mismo o más. Como ésta, por ejemplo:
NUEVO CASO DE HYBRIS

Arte:
una letra de amor
y tres de muerte.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Mudanzas Heráclito

Afirman los ingleses que tres mudanzas equivalen a un incendio. Sin embargo, no sé por qué habría que conceder precisamente a los ingleses el dogma de la infalibilidad. Una mudanza viene después de unas obras y unas obras, sean o equivalgan a un terremoto o a dos diluvios, sí que queman del todo. Poniéndonos muy pesimistas, la mudanza sería, como mucho, la traca final de la catástrofe y lo que tiene de traca se compensa con creces por lo que tiene de final.

Yo unas obras no se las deseo a nadie; ni a Magdalena Álvarez, ministra del ramo, la pobre. Una mudanza, en cambio, se la deseo a Zapatero y paralelamente a Rajoy, a los dos por igual, para que vean lo centrista, neutral y ponderado que me he vuelto.

De las obras hablaré otro día o jamás, pues no me gusta venir al periódico a llorar más de lo necesario, que en vista de los motivos que nos dan, nunca es poco. Toda mi experiencia en el sector de la construcción se resume en una enseñanza nítida: nunca más.

Con las mudanzas es distinto. Para empezar, al poeta Juan Manuel Macías se le ocurrió que un buen nombre comercial para empresa de mudanzas sería Heráclito S.L., en honor al filósofo presocrático que pensó que todo fluye. La broma culturalista de mi amigo tuvo su gracia y, sobre todo, es verdad: las mudanzas al menos se mueven. Las obras, no. Una marca apropiada para empresa constructora podría ser Parménides S. A, en recuerdo del griego aquel que sostuvo que todo permanece estancado para siempre. De eslogan publicitario valdría: “Quien avisa no es traidor”.

Es tanta la movilidad de las mudanzas que, en concreto, mover la biblioteca ha sido un deporte de riesgo. Lo saben mis riñones. ¡Y luego dirán que leer es un hábito sedentario! Ha resultado, además, sorprendente, como entrar en una librería, pero en barato. No recordaba que ya tuviese libros tan interesantes, y aún por abrir. Me he prometido ponerme al día antes de volver a asaltar cualquier mesa de novedades. A los Reyes Magos les voy a pedir los libros que ya tengo, o les pediré —para no dejar de soñar con la magia de Oriente— el tiempo para leerlos.

Lo más emocionante, con todo, han sido los altillos de los armarios. Cuántos regalos de boda que no habíamos vuelto a ver descendieron de golpe. Hemos recuperado la ilusión de entonces, aunque ahora sin nervios. Qué bonito asociar a cada amigo con su regalo, que para eso mismo los hicieron.

Hay una última felicidad en una mudanza. Ninguna casa es pequeña viendo lo que cabía en ella. Como la nueva es algo más grande, tendremos espacio suficiente para acumular montones de cosas inútiles durante el resto de nuestras vidas. O sea, que mientras cargo cajas y más y más cajas celebro que nunca tendré que meterme en obras, qué consuelo.
[Grupo Joly]

martes, 11 de diciembre de 2007

Ejemplarizante

Quizá la primera virtud de un intelectual [en el mejor sentido de la palabra, que los tiene horribles] deba ser el agradecimiento, o la segunda, justo después de la clarividencia. Supongo que a García Martín no le hará mucha gracia que yo lo ponga como modelo de virtud, pero con el artículo que ha escrito sobre Gamoneda, él se lo ha buscado. Fíjense cómo, sin dejar de ser honesto y exigente y hasta epigramático en ocasiones, sabe salvar lo mejor de la persona, y agradecérselo con emoción. Da gusto.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Ubicacionista (II)

El argumento definitivo para ordenar la biblioteca alfabéticamente por autor es Abelardo y su Conócete a ti mismo. Imposible comenzar mejor.

En cambio, poner a Benítez Ariza por delante de Benítez Reyes resulta raro.

Para colocar a Cervantes en el lugar más alto, que le corresponde, y no en una balda de abajo, voy a tener que comprarme las obras completas de Camilo José Cela, uf.

Me chirriaba un poco Luis Alberto de Cuenca lindando con Dante. De pronto, de una caja apareció Arnaut Daniel para interponerse y quedó todo redondo. Las doce en el reloj.

Predicando con el ejemplo: lo más epicúreo de Epicuro son sus obras completas: 96 pequeñas páginas.

Bilocación. Esquilo, según el idioma de la edición, está en la E o en la A. (No admirarme enseguida, amigos, que no es por Αἰσχύλος, en griego, como si yo fuese ARP, sino por Aeschylus, en mi Basic English y en la Loeb Classical Library.)

Sorpresa... y luego solución lógica del misterio de mis tres volúmenes de A rocha dos proscritos. Miguel d’Ors me recomendó vivamente ese libro de Ramiro Fonte; yo lo compré; lo leí; y no me entusiasmó. Mi memoria selectiva, naturalmente, lo olvidó. Miguel d’Ors me lo recomendó de nuevo y vuelta a empezar hasta convertirme en el mejor cliente del mundo de A rocha

Paradoja. Qué baldón Gala.

Equidad. Tan sólo tengo el tomo II, o sea, la mitad de Mi medio siglo se confiesa a medias. Ea.

Gracioso que sobre los yertos mitos griegos escribiera Graves.

Las múltiples traducciones (primero Homero, luego Horacio) nos enseñan, como mínimo, que un libro es tantas obras como lectores tiene.

Con qué ímpetu Ibáñez Langlois mantiene la dignidad de la estrecha estantería de la I. La I parece Chile.

Por un instante, compartí el juicio de muchos contra Federico Jiménez Losantos. Fue cuando se me interpuso entre Juan Ramón Jiménez y José Jiménez Lozano.

Cuán largo me lo fiáis —recito cada vez que pienso en Zorrilla… y en las cajas que se interponen entre nosotros.

Kafka es más nombre de café que de insecto... a pesar de sus esfuerzos. A su salud, me lo tomo y vuelvo, con otro ánimo, a cucarachear entre las cajas.

En la M me acuerdo mucho de Ignacio.

Nadie diría que Neruda no es santo de mi devoción.

Ñadie en la Ñ.

Otro argumento a favor del alfabeto: toda la estirpe junta. Dos baldas y media de orstodoxia.

Gravita la geografía sobre una biblioteca. Nunca imaginé que tendría tantísimo Pemán.

Quevedo se ríe (algo) de Quintana. Quintana se sonríe (algo) de Quevedo.

¿Haber heredado las obras completas de Racine de Éditiones Fernand Roches encuadernadas en piel por Galván me obliga a aprender francés? Noblesse oblige?

Saba iba a inaugurar la S y yo, que lo admiro tanto, estaba contento. Pero confieso que mi patriotismo vibró un poco cuando en el último segundo le hizo un inesperado adelantamiento por la izquierda Saavedra Fajardo con su República literaria.

Savater linda con Scheler. Se dirán de todo, menos lindezas.

Leo J. Treese (La fe explicada) vs. Eugenio Trías (Pensar la religión).

Unamuno se piensa que está solo.

Toda mi educación sentimental en la W: Louis de Wohl y P. G. Wodehouse. Bien agitados, que no batidos, y con unas gotitas de Simone Weil, dan a Evelyn Waugh.

Y Yeats, almost last, but never least.

Todo el puente de la Inmaculada soñando con alcanzar a Zorrilla y ahora veo que no era el último. Hay más: Stefan Zweig. Por cierto, que no queda nada mal, para terminar, su La lucha contra el demonio.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Fumata bianca

Quería mudarme en la Inmaculada, pero Transportes Carambito [sic] no trabajaba en fiesta, así que no hubo más remedio que hacer mudanza el día de Santa Bárbara, patrona de la artillería. Supongo que la Providencia y Transportes Carambito se confabularon para que estrenásemos la casa en el día de una santa tonante y combativa, que es lo que me va. Yo, sin embargo, no me resigné, y he estado aguantando el frío hasta hoy, para encender la chimenea —centro del hogar— en el día de la Purísima. ¡Cómo flamea por fin el fuego y qué humareda blanca de leña húmeda saliendo por la chimenea como una bandera! Ea, ya está todo en orden de combate. Santa Bárbara estará radiante.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Spes

Para empezar, la esperanza ha salvado este artículo. De no ser por la nueva encíclica de Benedicto XVI, Spe Salvi, yo me habría ocupado hoy de asuntos terribles, como el atentado de ETA contra los dos jóvenes guardias civiles o los innumerables abortos de las clínicas de Barcelona. Habríamos acabado con el corazón cabizbajo.

Y no es que vaya a desentenderme de esos asuntos, que jamás. El Papa no nos invita sólo a poner los ojos en el cielo, sino también a hincar bien los pies en la tierra. La esperanza cristiana ha movilizado a millones de personas a lo largo de la historia para ocuparse más y mejor de sus prójimos. Eso lo ve cualquiera que mire a su alrededor sin prejuicios. Ante los males del mundo, la esperanza no es un calmante —ni valium ascético ni placebo de prozac. De hecho, es quizá la más poderosa fuente de energía de la humanidad. Cuántos la han intentado sofocar o desnaturalizar se han encontrado con la vigorosa resistencia de los mártires. De calmante, pues, nada de nada.

El lector laico estará tentado a pensar que una encíclica no va con él, y a pasar página del periódico. El Papa no hace lo propio, y a lo largo de Spe Salvi entabla un diálogo a tumba abierta con pensadores de todas las escuelas, desde Platón y san Agustín, por supuesto, hasta Karl Marx, Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, pasando, entre otros, por Francis Bacon. Teniendo en cuenta que hablamos de un valor universal, nada más sensato que contrastar las muy diversas concepciones de la esperanza, y sopesar logros y fracasos. Yo, que procuro no perderme los libros de los mejores pensadores ateos, le recomendaría a ese lector laico este digamos ensayo de uno de los más claros pensadores cristianos. Por contrastar.

Nuestra esperanza, que ha aportado mucho al mundo, está orientada hacia la vida eterna. Qué brillante y asequible resulta la argumentación de la encíclica en este punto. A mi formación jurista y a mi devoción por Dante le emociona la fuerza probatoria de la vida eterna que el Papa concede a la necesidad de una completa realización de la justicia.

Sin resurrección ni Juicio Final, el sacrificio de tantos inocentes quedaría impune, y ellos sin recompensa. Hay que luchar por la justicia aquí, pero no desesperar cuando la veamos tan débil y manipulada, tan en manos indignas. En última instancia —nos dice la fe— una Justicia sin fisuras, que es Amor y gracia, se impondrá tal y como aspiran todas las personas de buena voluntad. Por eso, ante los atentados o ante los abortos masivos de Barcelona, por encima de nuestra necesaria indignación civil, brilla imperturbable una segura esperanza.
[Grupo Joly]

martes, 4 de diciembre de 2007

Correspondencias

En España, donde de diez matrimonios se separan siete, no hay que sorprenderse por la abundancia de separatistas. Eso yo lo tenía claro. Ahora bien, ayer, Arcadi me dio una lección de las buenas. Recordó Espada que el derecho a decidir que hogaño exigen los nacionalistas es el mismísimo lema de las abortistas de antaño. Lo gritaron el pesado sábado precisamente en Barcelona los nacionalistas y las nacionalistas. A Arcadi no le extraña. A mí menos.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Alejandro Bekes

He tenido que esconderle las tijeras al barbero en mi reseña de Bekes para Poesía Digital, que se me embalaba. Entre los fragmentos que no he citado, este primer cuarteto del segundo soneto del díptico "Al Dios que se ha eclipsado":
No me juzgues, Dios mío, con la vara
que se volvió serpiente sobre el suelo;
júzgame por la rosa del anhelo,
por la zarza en que quise ver tu cara.

[...]

sábado, 1 de diciembre de 2007

El placer a la fuerza

No sé si se han fijado ustedes en lo que le fastidia a la gente que uno no viaje. Te preguntan dónde vas de fin de semana y cuando respondes que te quedas en casa, tan contento, leyendo, te miran de arriba abajo, mitad con lástima, mitad con desaprobación. Mi cuñado, que es buenísima persona, sufriendo mucho de que nosotros no viajemos como mandan los cánones (porque no nos da la gana, pero eso da igual) nos regaló las navidades pasadas unos vales para unos días en algún hotel rústico de lujo. [Perdónenme el oxímoron, que no es mío, sino del vale.]

Se nos había ido pasando plácidamente el año y o íbamos ya o nos caducaba el invento, así que mientras que usted —qué envidia— lee esta entrada o algo mejor en su cuarto de estar, yo estaré descargando maletas y exclamando: “Oh, oh qué bonito” y sacando fotos de todo y rezando por que no tengan SPA ni mucho menos servicio de masajes, que los tendrán, y será un bochorno.

viernes, 30 de noviembre de 2007

A distancia

Empieza a dar pena no vivir en Madrid, roca española. Hoy podría ir, a las 18:30 al Paseo del Prado a concentrarme frente al Ministerio de Sanidad. Me consuelo aquí, en mi despacho, traduciendo aforismos de Mario Quintana. Por ejemplo, éste:

------------------------BEBÉ
Cosita deficiente, inconsciente, inerme, inválida, trabajosa, querida.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Quien aguanta gana

Repetía Camilo José Cela que en España quien aguanta gana. Como casi todo lo suyo, la frase es triste y más aún porque a menudo es cierta. Es el caso de las víctimas del terrorismo. La del sábado pasado fue su séptima gran manifestación, y eso exige una perseverancia admirable. Nuestra sociedad consumista reclama noticias y eventos novedosos, de usar y tirar, por lo que mantener un clamor ciudadano constante es muy complicado.

El PSOE ha objetado que no había motivos esta vez para otra manifestación. José Blanco la llamó insensata y absurda. Uno querría más respeto para Ortega Lara y la familia de Miguel Ángel Blanco y para todas las víctimas, pero con independencia del talante de cada cual, el caso es que motivos hay. El Gobierno se niega a revocar la resolución del Congreso a favor de la negociación, con lo cual deja al Estado en esa posición humillante de la mano flácida y tendida hacia quien no te la quiere estrechar. Tampoco muestra el Fiscal General fervientes deseos de ilegalizar al PCTV y a ANV, brazos políticos de ETA.

La manifestación puso en evidencia el doble fracaso de Zapatero. El presidente se empeñó en su proceso y para ello quiso ponerse en medio, entre las víctimas y los asesinos. Como era de esperar, con los asesinos fracasó pronto, en la T-4 de Barajas. Y ha fracasado con las víctimas, que no se han sentido nunca amparadas por él. Con frecuencia la equidistancia es el punto que más dista de la equidad, sobre todo si se pretende entre inocentes y culpables.

El sábado también se puso de manifiesto cierto doble juego del PP. Tienen razón los socialistas al denunciarlo. Las apariencias (tan importantes en política) indican que la oposición no ha estado como una piña con las víctimas. Esos problemas de agenda de Rajoy y Gallardón fueron mezquinos. Rosa Díez, por ejemplo, no los tuvo y fue.

Pero más importante que las posturas malabares de algunos políticos es el nítido aviso que se daba a ETA. A estas alturas la banda tiene que haberse percatado de que por mucho que cualquier Gobierno esté dispuesto a sentarse con ellos, hay un movimiento cívico que, con una perseverancia imparable, defenderá el Estado de Derecho, el cumplimiento íntegro de las condenas y la memoria y la dignidad.

Por último, moralmente sabíamos que el que sufre un mal es más fuerte que quien lo perpetra, aunque a veces no se vea claro. Las siete manifestaciones convocadas por la AVT han venido a demostrarlo. Contra la hostilidad de demasiados y la tibieza de algunos, frente al aburrimiento, a pesar del frío o del calor, pidiendo justicia y firmeza, jamás venganza, las víctimas lo aguantan todo. Por eso ganarán. Lo merecen.
[Grupo Joly]

martes, 27 de noviembre de 2007

Desarmado

—A ver, Romero, ¿quieres hacer el favor de concentrarte y dejar esa sonrisita para el recreo, hombre? ¿Pero qué estás haciendo?
—Pues… leyéndote —y saca el tío un recorte bastante manoseado con mi artículo sobre los alumnos.
Así las cosas, ¿cómo reñirle a Romero? Y tras unos momentos de desconcierto, reanudo la clase.
—Bien; todos los que no estén aprovechando el tiempo como Romero, que atiendan…

lunes, 26 de noviembre de 2007

Elogio del potaje

Una crisis económica asoma por el horizonte y los adeptos al materialismo y al consumismo feroz tiemblan como si el cielo fuese a caer sobre sus cabezas. Muchos compatriotas nuestros atisban los nubarrones con más miedo que vergüenza. Y hay quien asegura que, si esos nubarrones descargan pronto, ganará el PP las elecciones de marzo y si se retrasan un poco, el PSOE. O sea, que todo es economía y sólo economía y nada más que economía. La verdad es que viendo lo que ha hecho ZP en estos años, si es así —como me temo—, no es para admirar mucho al electorado nacional.

Pero yo venía a hablar del potaje, que ahora, gracias a la inflación y al precio del barril de petróleo, se ha convertido en un tema aceptable para un artículo de prensa. Cuando el crudo sube, el cocido se dispara; y sólo entonces podemos nosotros, los columnistas, hablar de la olla. Sin embargo, su importancia, como la de todo, es independiente de la cartera. Bien lo avisaba Antonio Machado: “Todo necio/ confunde valor y precio”. Un buen plato de garbanzos es un valor sustancioso y merece siempre un elogio y esperemos que nunca una elegía.

Riesgo de extinción ya lo corre. La vida moderna, con sus ritmos sincopados y sus frenéticos horarios de trabajo, no deja tiempo a una cocina demorada. Mi mujer es una joven ejecutiva y eso me sirve para presumir mucho, pero para comer fatal. Entre precocinados y congelados y cenas frías pasan mis días laborables. Si le sumamos que se han puesto de moda los restaurantes japoneses, puedo pasarme semanas sin probar bocado caliente.

No es una anécdota más o menos triste. Nada ocurre por casualidad y esta manía nueva de los españoles de ir abandonando la cocina mediterránea indica un desarraigo cultural y, además, simboliza una bajada drástica de las temperaturas afectivas. La familia se hace, entre otras cosas, alrededor de una buena sopera humeante.

Quizá la crisis nos salve y nos dejemos de sushi, steak tartar, carpaccio, cocktails de marisco y canapés, y volvamos a los humildes garbanzos de antaño. Um. Las depresiones económicas no son una broma y suponen noches echando cuentas y muchos caprichos de los que desengancharse, pero tampoco son el fin del mundo. ¿Quién sabe si no serán el comienzo de una vida más saludable?

domingo, 25 de noviembre de 2007

El dolor del antólogo (y II)

Creí que la serie sobre Pedro Sevilla iba a tener tres entregas, pero ayer con La luz con el tiempo dentro (1996) descubrí, con sorpresa, que lo tengo todo más claro: los sís, los nos. Hoy, con Tierra leve vuelve la pesadumbre. Qué pena dejarme fuera estos versos:

De “Huertas de San Vicenç”:
Mordido por el tiempo, lejano de la luz,
reconforta saber que hubo un pasado
feliz e irrepetible.

De “Demonios”:
Podríamos vencerlos, escalar la alta noche
y dejar que la luz nos acribille…

Pero dime qué haríamos entonces.

Y de “Día de lluvia”:

el murmullo apacible de esta lluvia

viernes, 23 de noviembre de 2007

El dolor del antólogo

Voy ultimando mi antología de Pedro Sevilla para la colección de rayas de Renacimiento. Es un oficio duro éste de antólogo. Qué tristeza dejar atrás algunos pocos poemas, que tal vez piense uno, sin demasiada seguridad, que no funcionan del todo, pero que tienen momentos extraordinarios sin duda. Para intentar calmar los remordimientos, traigo aquí —a medias con el Barbero, aprovechando su método— lo que más duele que se me escape entre los dedos:

Del poema “Gloria marchita”:
No hemos hecho el amor, pero te debo un libro.
Es decir que te debo
unos días de otoño,
cierta felicidad y unos veinte poemas
dictados por la lluvia cuando más me dolías.
De “Maniquí”
En los supermercados —debe ser la opulencia—
me crece la ironía.
De “No era la lluvia, amor”
y lanzar improperios contra los jovencitos
que aguardan en la calle
—como tú en otros días, los zapatos
mojados de ternura— a una chica que llegue
con el pelo vertido como un jarrón de miel
sobre la espalda.

De “Naturaleza”
Les conté, en confianza, que me asusta la Luna
De “Consejos inútiles”
Tanta tarde gloriosa dilapidada en versos
Éstos de su primer libro, Septiembre negro (Renacimiento, Sevilla, 1992). Continuará.

jueves, 22 de noviembre de 2007

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Elogio de los alumnos

En noviembre, mes de los difuntos, resucita mi amor por la enseñanza. No es tan, tan milagroso porque doy clase en Formación Profesional, una isla habitable en el océano del fracaso escolar. Aún así, los dos meses anteriores, entre el papeleo iniciático, la puesta a punto de horarios y el suspense por cómo saldrán los cursos, nunca estoy muy eufórico.

Lo peor es el suspense. Al principio, esperando que las apariencias engañen, contemplo atónito a un alumnado anónimo que me examina a mí. Hay peinados que ponen los pelos de punta, piercings penetrantes, tatuajes inolvidables, carpetas con fotografías y dibujos como para susurrar: “Vade retro!”. Y qué pensarán ellos de mi triste curva de la felicidad o de la camisa a rayas. Esos momentos de estudio recíproco son los más graves y gélidos de todo el curso.

Hasta que al fin sonríen y es que el hielo ha hecho crac. Empieza lo que los pedagogos llaman proceso de enseñanza-aprendizaje, en el cual enseño unos temarios y aprendo más de lo que doy. Resulta emocionante verlos individualizarse, a ellas —por razones obvias— primero, luego a ellos, poco a poco emergiendo, casi siempre para bien, de la masa gris y compacta, hasta que cada uno es cada cual, con su nombre —porque ya me lo sé— y su historia, sus problemas y sus ilusiones.

Me asalta entonces una nueva crisis, ahora de entusiasmo. La tentación es dejar medio aparcados los contenidos de mis módulos socioeconómicos (con perdón, que así se llaman) y darles buenos consejos de cultura general y filosofía práctica. Explicarles con mis palabras o con las del poema “Fin de carrera” de Víctor Botas, que, aunque lo lógico es que de las aulas salgan preparados para la ganancia de un dinero, uno quisiera dejarles también con la mente bien despierta para las cosas que de verdad importan en la vida.

Pero soy funcionario. Debo vencerme y ceñirme a la programación y a los objetivos, que es para lo que me pagan. Lo hago sabiendo que no es del todo equitativo, pues los alumnos, a cambio de esos contenidos mínimos prescritos en un Decreto-Ley, me recuerdan que el sentido común —diga lo que diga el dichoso aforismo— es bastante común, y me inoculan esperanza, que falta me hace, y me animan a protestar, aquí mismo, en el periódico, o en otras partes, porque a gente así de buena se le presenten sólo modelos sociales utilitaristas y tristísimos.

Llegarán otras crisis, las navidades, los exámenes y los nervios del final de curso, como es natural, y tanto ellos como yo haremos lo que podamos, que será suficiente. Cuando se vayan, tan contentos, y yo me quede, melancólico, no seremos exactamente los mismos.
[Grupo Joly]

lunes, 19 de noviembre de 2007

Escrito a tientas

Buscar las gafas es un clásico. No sólo de la vida sino de la literatura, valga la redundancia. Véase a José Luis Tejada ("y no encuentro los lentes con que buscar los lentes") o el maravilloso poema ad hoc de José Antonio Muñoz Rojas. Se ve (es un decir) que, mientras se buscan las gafas borrosamente, puede pensarse con gran claridad. Tal vez no se encuentren porque no están hechas para ser vistas, sino para ver, como los poetas.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Ranas

Ayer, cenando, volvíamos, uf, al Divorcio Universal, y entonces una amiga saltó: “¿Y si tu marido te sale rana, eh, eh?” Yo me quedé colgado de esa expresión curiosa. Supongo que en el fondo del estanque, quiero decir, de la expresión, subyace que la otra persona (o grácil renacuajo) cambió hasta el extremo de una metamorfosis o metáfora resbaladiza. O viceversa, que no se transmutó en principe encantado (esto es, desencantado) al contacto del beso. O ambas cosas a la vez. Para el segundo supuesto, sería más exacto exclamar: “Se quedó rana”.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Mutatis matandis

La sombra de Jane Austen es alargada. Su influencia se percibe por todas partes: en el brillante Wilde, en la encantadora descripción de la Comarca de El Señor de los Anillos, en Brideshead, por supuesto, o en el hilarante Blandings de P. G. Wodehouse. Pero donde más en Agatha Christie, porque ya no se trata sólo de un tono social, la landed gentry y tal o la pátina de humor y eso, sino que estamos mutatis mutandis ante el mismo mecanismo narrativo, que es un tácito juego con el lector. Con la Austen uno se pregunta quién se casará con quién; con la Christie, quién mató a quién.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

El Divorcio Universal

En España, país de pasiones, se rompen, según los datos del Instituto Nacional de Estadística, siete matrimonios de cada diez. El número de los divorcios se está acercando tanto al de las bodas que las proyecciones auguran que para 2010 se habrán igualado. Y no quiero ni pensar en 2011. ¿Importaremos parejas felices a las que amargaremos aquí? ¿Cómo se conseguirán, si no, más rupturas que matrimonios para que sigamos progresando?

Conmigo, en todo caso, que no cuenten, que me saquen de los vaticinios, que yo no juego. Lo sencillo es divorciarse. Con el método exprés, te descuidas un minuto y, zas, ya estás soltero, teniendo que ir al gimnasio a estas alturas y a los bares de copas y a comprarte un descapotable a ver si rehaces tu vida y ejerces el dichoso derecho a la felicidad.

La indisolubilidad es tan difícil como pronunciarla. Lo cuentan los sociólogos, ojo, no yo, que estoy encantado con mi mujer (a la que mando desde aquí un afectuoso saludo). Y lo confirma lo que vemos y escuchamos por la calle. El divorcio se está convirtiendo en la muerte natural del matrimonio; lo milagroso —o como mínimo lo más original— es lo de toda la vida.

Para lo que no ayudan en absoluto ni las canciones ni las películas con esa exaltación suya llorona del amor adolescente a todas las edades. Escuchen las letras, reparen en los argumentos, lean los best-sellers…, y recuerden que Oscar Wilde demostró que la naturaleza imita al arte —al arte malo, añadiría uno. Para remate, cuando en la televisión sacan un matrimonio, es para mofarse de él, como en ese bodrio de “Escenas de matrimonios” de tanto éxito.

Lo más triste del programa de marras es que desvirtúa la solución. Reírse es sanísimo, pero no del matrimonio, sino en el matrimonio. El libro Mi familia al derecho y al revés de Ephraim Kishon sería un buen ejemplo (en todos los sentidos) y bastante más divertido. Hay que proponer otro modelo amoroso más amable y duradero: no sólo el del deslumbramiento inicial, que estuvo muy bien, sino el de la lumbre encendida todos los días.

Aunque ya casi no me acuerdo, me suena que nada halagaba tanto la vanidad como esos escasos meses en que la otra persona te admira sin fin. Luego, pronto, cae en la cuenta de que Miguel de Cervantes fue mejor escritor, que repites los chistes, que te quejas mucho de la hernia de hiato, que tu exquisita especialidad era un congelado de Bofrost. Comienza lo arduo. Pero también lo interesante, porque el reto, la auténtica aventura es saltarse a la torera los altibajos sentimentales, empeñarse en los proyectos, quererse más y más y más y, al final, destrozar las estadísticas.
[Grupo Joly]

martes, 13 de noviembre de 2007

Dos encuentros

Como no podía llevársela por la mañana, había quedado con el mecánico en que aparcaría la moto a la puerta del taller esa noche. Luego metería la llave por la ranura y él ya se encargaría de todo al día siguiente. Y ahora yo estaba allí, esperando que Leonor me recogiese, un poco inquieto de dejar mi moto en un callejón tan oscuro y solitario. De pronto, salió de no sé dónde una sombra: el yonqui que pide en el semáforo de la avenida Valdés. En los pueblos se conoce de vista hasta a los marginados. Ése, una vez, le tiró a la cara a un amigo de mi padre la moneda de diez céntimos que le había dado. Ahora, desde lejos, me pedía un cigarro. “No fumo”, contesté mientras me guardaba la PDA en el fondo del bolsillo. Vino hacia mí con la mirada gacha, diciendo: “No hay que asustarse…” “¿Asustarme yo?”, pensé en un ataque de orgullo, “…te doy con el casco y, y...” “No hay que asustarse”, insistió él, “de fumarse esta colilla del suelo”, y se agachó casi a mis pies, “que el cuidado no sirve de nada, que uno coge lo que tiene que coger, si lo sabré yo, picha”. Y se alejaba calle abajo.

--------------------***
Eso fue antes de anoche. Ayer por la mañana iba al Instituto, pero me animé con la bruma tan bonita de noviembre y entré a tomarme un café rápido en un hotel de la playa, dispuesto a leer un poco de La piel de los tomates, de Jiménez Lozano. Aprovechando la temporada baja, había allí un grupo de disminuidos, con sillas de ruedas unos, otros con muletas. Pedí muy serio mi café y con el rabillo del ojo observaba a una madre con su hijo, más o menos de mi edad, Marcelino le llamaba. La señora había olvidado algo en la habitación y le dijo a Marcelino, gesticulando mucho, que esperara quieto. Se fue. Marcelino sin perder un minuto se acercó a mi mesa, cojeando, y agarró la PDA con su mano buena. Con la otra tocaba la pantalla y le hacía gracia que se encendiera, que cambiase de función. “Ten cuidado”, le pedí, “es un aparatito muy delicado”. No me contestó. “¿De dónde eres?” Tampoco. “¡Cómo le obsede la PDA a Marcelino!”, pensé. Le invité a sentarse, en parte por educación, yo ahí sentado y él de pie, y en parte por la PDA, para que cayese de menos altura. Tampoco se inmutó. Le separé la silla y entonces, sonriendo, sí que se sentó. Dejó la PDA en la mesa y se puso a mirarme con su único ojo bueno. Se le veía contento. Entonces, por fin, me volví a mi café, que todavía estaba hirviendo. Llamé al camarero, para pedir leche fría, y naturalmente ni caso. Volví a llamarlo, y Marcelino, de repente, tomó un enorme interés, que emocionaba, en avisar para mí al camarero. La que llegó corriendo entonces fue la madre: “¿Qué haces aquí sentado, Marcelino!”, y se volvió hacia mí: “Es sordo también”.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Especialidad

En una esquina de El Puerto atisbé ayer una tienda de las de todo a cien que se llama “La esquina”. Hasta ahí no es un derroche de originalidad. Lo curioso es el subtítulo: “Especialidad en todo tipo de artículos”.

Y no crean que me reí, qué va. Me puse a pensar, muy melacólicamente, en el oficio de columnista.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Ubicacionista

“Hablando de bibliotecarios dice: ‘¿Qué intelectuales son ésos? Son clasificadores, ubicacionistas’”.
Me ha encantado leerlo, porque matiza todo ese prestigio culturalista que les dio Borges a los bibliotecarios con eso de que ordenar los libros es ejercer la crítica literaria. Y para colmo de dicha, la frase es del mismo Borges [véase Borges, de Bioy Casares, en la entrada del sábado, 3 de septiembre de 1960], que así se nos humaniza bastante, tan contradictorio como todos. Y sobre todo me gusta porque me viene como anillo al dedo: yo tendré —D. m.— que colocar —tiemblo al pensarlo— mis volúmenes y todavía titubeo. No sé si hacerlo por temas, por orden alfabético, por idiomas, por fechas de nacimiento del autor, a la buena de Dios, por colecciones, por orden de llegada, por géneros literarios, por algún criterio mixto… Como crítico literario no estoy teniendo la cabeza muy clara, no. Pero al menos como ubicacionista lo haré bien, qué remedio.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Moratinos en la costa

Cada vez que visito Zahara de los Atunes, como el día esté medio claro, se produce el mismo ritual. “Mira, mira”, señala alguno, “se ve Marruecos”. Todos se entusiasman. Y el más metafísico apostilla: “Está al lado”. Yo me quedo de lo más mohíno. Entre los encantos de Zahara no cuento por ahora la proximidad marroquí.

Para un iberista como yo, la vista de Vila Real de Santo António desde Ayamonte, con el Guadiana de guarda fronterizo, es saudosa, esto es, melancólica. Y siendo una especie en extinción, quiero decir, español, y lector de Cadalso, la figura del Muñón de Gibraltar desde La Línea me da ardores, si no patrióticos (que en estos tiempos sonarían excesivos), al menos de estómago. Nunca soy menos anglófilo que en Gibraltar, único pueblo andaluz que —en palabras de Gerardo Diego— ha conseguido ser feo.

Pero mientras que mis sensaciones en Ayamonte y en la Línea se quedan en lo histórico-sentimental, en Zahara son analíticas. Parece que no existe una frontera en el mundo con mayor diferencia de renta per cápita que la nuestra con el Reino de Marruecos, lo que no es, desde luego, un factor de equilibrio. Si a eso unimos un régimen de libertades manifiestamente mejorable, y el conflicto del Sáhara, tan árido, y las aspiraciones expansionistas sobre Ceuta, Melilla y las Canarias, y, además, el bullir de un incipiente islamismo, la suma sale negativa, casi una resta.

La labor diplomática resulta capital. Y está saliendo calamitosa: ya teníamos enfadados al Frente Polisario y nada menos que a Argelia. Ahora, viendo lo sumiso y demorado que se muestra Moratinos, que andaba de viaje privado por la costa marroquí y siguió descansando mientras Mohamed VI mandaba llamar a consultas al embajador en Madrid, viendo a Moratinos, digo, uno tiene más confianza en el movimiento de las placas tectónicas —que vaya ensanchando el Estrecho— que en nuestra política exterior. Las placas tectónicas se mueven con una velocidad media entre la pachorra de pachá del ministro y la eficacia del presidente Sarkozy, tal y como la hemos comprobado en la crisis del Chad.

Por suerte, ni España es sólo el Estado ni el Estado es sólo el Gobierno, y algunas cosas han quedado bastante claras tras la visita de los Reyes a Ceuta y a Melilla. El mismo mosqueo sordo de Marruecos es una demostración irrefutable de la necesidad del viaje. Resulta una extralimitación en las relaciones de buena vecindad que el vecino decida qué habitaciones de nuestra propia casa podemos utilizar y cuáles no. Sueño con un día en el que, cuando alguien repita: “Mira, se ve Marruecos”, atisbemos el horizonte sin la más mínima inquietud.

martes, 6 de noviembre de 2007

Leonor y yo (transcripción literal)

—Mi abuela me dio compota.
—Qué bien.
................... —¿Quieres?
........................................ —No.
.................................................. —¿Te gusta?
—Muchísimo.
....................... —Ya. Se nota.

lunes, 5 de noviembre de 2007

El chasco del casco

Aparqué la moto en la puerta de la capillita y dejé el casco sobre el sillín. Al salir, el casco ya no estaba. “Natural”, pensarán ustedes que no saben que la capilla es la de mi urbanización y que está en una calle por la que no pasan más que los feligreses. O sea, que me lo había birlado alguien que salía de cumplir con el precepto dominical.

El chasco, sin embargo, no me lo daban en la fe. Por motivos personales, no olvido aquella historia, creo que del Cardenal Newman, aunque la he oído contar también de Chesterton, en la que uno de los dos conversos, antes de dar el salto, consulta sus dudas a un amigo. Éste se extraña: “¿Católico romano?, si ésa es una Iglesia de sinvergüenzas, fíjate que las mujeres, cuando van a comulgar, no dejan el bolso ni el abrigo en el banco como hacen las señoras protestantes: los agarran bien no vaya a ser que se los roben.” Entonces el futuro converso contestó: “Pues ésa es mi Iglesia: la de los pecadores”. Como digo, yo sabía esa historia, así que lo del casco, por ahí, fue lógico.

Mi snobismo era el sorprendido. ¡Que en mi urbanización, tan chic, me birlaran el casco, ay, qué decadencia de costumbres, con lo familiar y decente que fue! En su época dorada los de Madrid la llamaban Costa Casta, O tempora, O mores.

Me quedaba, pensé, el consuelo ético: el mal más vale padecerlo que infligirlo. Menos pierde el robado que el ladrón, me susurré muy digno al oído, recordando aquello que se decía Juan Ramón Jiménez de “Yo pierdo siempre en la vida corriente, pero gano en lo eterno”.

Sin embargo, la imprevisible memoria, con lo que se atranca la memoria cuando se la necesita, reaccionó rápida con una idea de Max Jacob en un magnífico libro que leí, como su propio nombre indica, hace muchísimos años. En Consejos a un joven poeta, el vanguardista francés, cubista y converso, llamaba la atención sobre el hecho de que quien da muchas facilidades para ser robado está escandalizando al prójimo. Si yo hubiese sido más prudente, habría evitado que otro cometiese un hurto. El argumento es irrefutable y me volví a casa sin casco y con cargo de conciencia.

Me he hecho, eso sí, dos buenos propósitos: comprarme enseguida otro casco y ser más vigilante de mis cosas y más exigente de mis justos derechos. Por mi economía, pero sobre todo por no escandalizar al próximo prójimo. Lo escribo medio en broma, vale, pero lo pienso muy en serio.

viernes, 2 de noviembre de 2007

El barbero del barbero de Colombia

Darío Jaramillo se mete en el gremio de la barbería y selecciona varias frases de entre la extensa obra poética de Rafael Cadenas. Pueden leerse en su muy meritorio prólogo a Obra entera. Mi reseña entera a ese libro puede leerse aquí. Y aquí, en el blogg, sin más comentarios, haré un poco de barbero de segunda generación y, entre las frases recortadas por Jaramillo, reseleccionaré:


Realidad, una migaja de tu mesa es suficiente.

*

Florecemos en un abismo

*

Vivir en el misterio: frase redundante.
*

No se puede escribir cosa valedera sin haber estado en el infierno.

*

Sólo en un sitio puede ser derrotada una sociedad: en el pecho de cada hombre.

*

Desde que vi mi pobreza dejé de sentirme pobre.

Y ya por mi cuenta y riesgo, de primera mano, recorto estas otras:

El poeta moderno habla desde la inseguridad.

*

Los lectores de poesía buscan en el fondo revelaciones.

*

La dificultad ya indica conciencia del lenguaje, y desconfío de muchas solturas.

*

El cómo es importante, el cómo es la literatura.

*

La literatura va siempre de adentro hacia fuera.

*

Literatura: la manera más entrañable del habla.

*

Es posible recordar a cada instante que olvidamos y así recordar.

*

Todo hombre es antiquísimo, pero no lo quiere saber.

*

Lo esencial no es de ninguna época.

*

Si lo que existe nos parece poco, ¿qué puede sosegarnos?

*

Lo inmediato, esa cima.

*

Si no fueras elemental, ¿qué podrías decir?

*

El brillo no es importante, sino para sentirse importante. Importante es sentirse.

*

La actividad febril te destierra.

*

La humildad es un refinamiento.

miércoles, 31 de octubre de 2007

O zombis o santos

Ésta es la noche de los muertos vivientes. España, la sociedad más antiamericana de Europa, se lanza a celebrar el Halloween con fervor. A mí no me lo despiertan, uf, ni las inquietantes calabazas ni esos jovencitos uniformados de cadáveres ni ésas de diablesas.

Sin embargo, admiro la justicia poética del Halloween. Resulta natural que una sociedad que ha entronizado la cultura de la muerte tenga festejos de este estilo. Con la eutanasia a la vuelta de la esquina, no hay que extrañarse de que por todos los rincones del país la gente se disfrace de calaveras y se marque una danza macabra. Si el aborto es la solución natural, como enseñan en la tele, es lógico que surjan brujas de debajo de las alfombras. En la cultura popular, como en la alta cultura, como en el mundo físico, nada surge por casualidad ni por generación espontánea. Las causas y los efectos son un laberinto que se puede recorrer bastante bien con el hilo de Ariadna del sentido común.

La cultura española tenía una manera propia de celebrar estos días con huesos de santos, misas de mucho sentimiento, ofrendas florales y representaciones del Tenorio. Era una manera empapada de catolicismo, que ahora está difunta o, con suerte, moribunda. El laicismo militante tiene esto, que vamos a acabar todos con la gorrita de béisbol y diciendo “Oh yeah”. España será católica o no será más que un apéndice cultural de los USA.

En ninguna otra época del año se muestra esta disyuntiva con tanta crudeza. Para mayor claridad, la coincidencia en el tiempo de la ley de la memoria histórica y de la beatificación de aquellos que murieron perdonando a sus asesinos incide en lo mismo: mientras la primera se propone desenterrar muertos, la segunda los eleva a los altares. Conste que, aunque no lo comparto, comprendo y respeto el interés de los familiares por encontrar los restos de sus antepasados. Con todo, se constata que estamos ante dos cosmovisiones cada día más distintas.

Este Halloween o, mejor, esta víspera de Todos los Santos, la ocuparé en reflexionar sobre el dilema extremo de si zombi o santo. Cuando no te sobrepones, la fuerza de la gravedad te va enterrando en rutinas y egoísmos… hasta que acabas yendo por ahí como un muerto viviente o un vivo amortizado, con disfraz o sin él. Hoy pondrán alguna película de terror de serie B y yo volveré a pensar que al menos como retrato social, como símbolo, está muy lograda. Incluso me recitaré, para espantar el miedo, estos versos: “La imagen de los zombis / asusta y es espléndida. / Que hay muertos y que andan / lo sé por experiencia. // Por esperanza sé / también —y me reanima— / que la resurrección / es otra alternativa”.
[Joly]

martes, 30 de octubre de 2007

Hipocondría nel mezzo del camin

Antes, cuando olvidaba un nombre, se me trastabillaba una palabra o me despistaba con una dirección, lo atribuía a la dislexia. De un tiempo a esta parte, ya no. Ahora me preocupa el Alzeheimer.

lunes, 29 de octubre de 2007

499

Los milicianos lo sacaron a empujones de su casa, dispuestos a convertirle en el mártir 499 de una futura beatificación. Don Bartolomé se dejaba empujar, sabiendo que esperanzas tenía pocas. En cambio, esperanza la de siempre. Cuando descubrió que el jefe del autodenominado “Escuadrón de la Canina”, era Manolito, el de las Tejas, pensó que tal vez no estuviese todo perdido. Había sido su profesor en la escuela del pueblo y conocía bien que su fuerza bruta tenía un parangón: su orgullo.

—Manolito…. —gritó.
—Me llamo Sangre, don Bartolomé, y no me llamo don Manuel porque ya no hay dones que valgan…
—Pues don Sangre, ¿no pensarás matarnos a mí y al señor cura y a las monjitas de la Encarnación así como así, sin convencernos de que morimos por la Revolución y por la Libertad?
—Yo pensaba no dejar para mañana lo que puedas hacer hoy, como usted nos enseñó. Los muchachos, ya ve, están deseando darle al gatillo… El boticario y el alcalde se nos han escabullido, los muy maricones…
—Pero, hombre, Manolo, recuerda que sois unos animales (hizo una pausa, mirando en redondo, como si estuviera dando una clase) racionales y que no podéis matarnos sin más, que hay que conseguir que las víctimas os demos la razón, que vayamos tan contentas al paseo, que os agradezcamos de corazón vuestra labor revolucionaria…
—A usted seguro que le podría convencer yo, pero no al cura que es cerril al máximo, y a las monjas, qué, que ni me miran a la cara...
—Trato hecho, Sangre, si me convences a mí, nos das matarile a todos.
Y le tendió la mano.

A partir de aquella noche de julio, en el pueblo, Manolito, alias el Sangre, y don Bartolomé, el maestro-escuela, discutían de filosofía política ante las impacientes escopetas de caza de los milicianos y los hiperestésicos oídos del clero local. Sangre se destapó como un polemista eficaz, a pesar de algún que otro trabucamiento y exabrupto. Iba convenciendo al asombrado maestro, ante el pavor de las monjitas, que, entre avemaría y avemaría, seguían mareadas los meandros de la discusión. Suspiraba don Bartolomé:

—¡Anda, Manolito!, pues en eso de la colectivización no había yo caído…

Y a Sangre se le esponjaba el pecho. Sólo que un poco antes del alba, cuando avisaban los gallos, don Bartolomé añadía:

—Pues sí, por la colectivización estaríamos dispuestos a ser asesinados, pero ya mismo, vamos... Lo malo es que la Revolución Rusa, no sé, me pilla un poco lejos, Sangre, me deja frío.

—Tengo que documentarme, don Bartolomé, no me va usted a coger por sorpresa… Además estoy cansado. Mañana por la noche le convenzo en un periquete de las bondades de don José Estalín, pierda cuidado.

Sangre saboreaba cada noche las mieles de una victoria intelectual. Tanto, que no quería ventajas sobre su oponente. Así que dejó que el maestro volviese a su casa: que tuviese cerca sus libros para preparar el último, siempre el último, punto pendiente. Las monjas, como con tanto cuchicheo distraían el debate, volvieron a la clausura. Y el cura, que ciertamente era cerril y no se dejaba convencer ni un ápice, fue el único que se quedó en el calabozo que habían improvisado en la iglesia. Los milicianos se dividieron en dos: los que le cogieron gusto a las tertulias nocturnas y a la bohemia de la intelectualidad y los que, aburridos, volvieron aliviados a las labores del campo.

No habían pasado mil y una noches, sino un poco menos de la mitad, cuando un destacamento de la Guardia Civil entró en el pueblo. Allí parecía que la guerra no iba con ellos. Sangre estaba dormitando en una silla de anea con el libro de Paul Laforgue, El derecho a la pereza, entre las piernas; y don Bartolomé andaba por el río, pensando en la colectivización. Los guardias arriaron dos o tres banderas rojas y raídas y abrieron la boca oyendo que el “Escuadrón de la Canina” era, prácticamente, un diálogo platónico.

Antes de irse, tenían que dejar nombradas nuevas autoridades. El cura propuso a don Bartolomé y don Bartolomé a Sangre, quiero decir, a Manolito.
— Hombre, maestro, no se pase —repuso el capitán de la Guardia Civil.

domingo, 28 de octubre de 2007

Propuesta

Amalia y yo seguíamos hablando en casa de Rocío Arana, indiferentes al paso del tiempo, o disfrutándolo. Hacía poco habíamos llegado al acuerdo de que ambos éramos noctámbulos impenitentes. Rocío, Marita y Leonor podrían haber saltado: “No hace falta que lo juréis”, de no estar demasiado cansadas. Avanzaba la noche…, y volvíamos a coincidir Amalia y yo en lo duro que se nos hace recitar, sobre todo ante tantos poetas. Y de ahí pasamos a considerar lo interesante de un ciclo de “Los versos más míos los han escrito otros poetas”. Para leernos a nosotros basta ir aclick o aclick, pero viendo qué poemas de entre toda la literatura universal antologaba cada ponente habría curiosas sorpresas, fecundas conexiones, cierto morbo, conclusiones jugosas sobre su propio gusto (o no) y, en todo caso, un recital antológico. Las hondas cabezadas de Rocío, de Marita y de Leonor no se debían al asentimiento, sino al sueño, aunque habrían asentido quizá a una hora más cristiana. Pues bien, ahora que es temprano, lanzo la propuesta a la red por si alguien más madrugador que nosotros y más gestor cultural se anima y organiza el ciclo.

Y luego nos invita, eh.

jueves, 25 de octubre de 2007

Libros de arenas (movedizas)

Lo habrán notado en mi sincopada sintaxis o en que no respondo a las llamadas o en que no contesto las cartas o en que olvido, incluso, las citas: la mudanza inmutable me está matando. Ahora vengo a llorarles sobre el hombro con un símbolo. Busco mis libros, no para regodearme, ni mucho menos, sino para preparar una lectura, los busco y no los encuentro, mis propios libros, ¿entienden?, que no es perder los de cualquiera de ustedes, que sí, que están muy bien, incluso mejor, pero son otra cosa, como es natural, y ya aparecerán. Ni mi vanidad, tan perspicaz para lo suyo, se orienta por una biblioteca a medias desmantelada, mudada a medias.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Qué puñeta

Resultan muy sospechosos los que se lamentan de las desventajas que les acarrea su exquisita educación en el mundo actual, como si la elegancia fuese por interés. Sin embargo, yo he estado a punto. En una clase de secundaria, observé como a un muchacho se le caía al suelo una moneda. Para que no se levantara a recogerla, me agaché enseguida. “¡No, no!”, me gritó la criatura, pero yo ya había sentido en mis dedos la humedad solidificándose de un eficaz pegamento de contacto. Con perdón de Zapatero, no miré al muchacho con una sonrisa. Él se deshacía en disculpas: “Era una broma a mi compañero…” “¡Hombre, es que esto ni a un compañero!”, contesté, mientras realizaba esfuerzos por limpiarme la mano… y por no lamentar la esmerada educación que me dieron mis padres.

No lo hice gracias al sabio aviso de Oscar Wilde: la buena educación es lo primero que se pierde cuando no se tiene. Yo tenía la frase fresca de unos días antes, cuando contemplé, atónito, cómo María Teresa Fernández de la Vega perdía los estribos y abroncaba en medio del desfile del día de la Hispanidad a María Emilia Casas, presidenta del Tribunal Constitucional, nada menos. Desde lejos, la cámara no capta lo que le dice, parece que de todo menos bonita. Ni lo que excusa Casas, sumisa, aunque no llegaría a llamar bonita a la Vicepresidenta, espero. En un momento estelar se puede leer en los tensos labios de De la Vega: “¡Qué putada!”.

Qué mal hablados son nuestros políticos en la intimidad o en cuanto se acaloran. Todos, también Trillo-Figueroa con su celebrada gracia (que maldita la tuvo) del “Manda huevos”. Estos políticos nuestros, que se muestran tan finolis delante de las cámaras, a la media vuelta juran como en una taberna. Sufren doble personalidad o, como poco, hipocresía verbal. Quieren engañarnos hasta en el tono.

Yo, mientras tanto, recuerdo a Góngora. No por su elevado estilo, desde luego, sino porque don Luis, para echarle en cara a Lope su pluma popular, le espetó: “con razón Vega por lo siempre llana”. Con mucha más razón Vega, Fernández de la, por lo plana que se ha mostrado la Vicepresidenta.

Pero lo peor, por supuesto, no es el desahogo “qué putada”, tan poco feminista, por otra parte. Lo peor es lo que estaba detrás o debajo y ha venido después. El Gobierno hace denodados esfuerzos por controlar al Tribunal Constitucional, al CGPJ y a la Justicia misma, aprovechándose de que ésta lleva los ojos vendados. La Justicia, escuchando a Bermejo, sí que podría decir: “Qué putada”; aunque, como es más fina y acostumbra a moverse entre sus prudentes señorías, apenas exclamará, la pobre, con gesto levemente contrariado: “¡Qué puñeta!”
[Joly]

domingo, 21 de octubre de 2007

sábado, 20 de octubre de 2007

Postal

En mi buzón, entre cartas de banco, una misteriosa postal


con este texto: "Lo dijo el Padre: 'Tenéis que ser como ángeles'... aunque no especificó la clase. Espero que éste te asista en tus quehaceres periodísticos. Un abrazo."

Yo espero que alguien que se ha tomado la molestia de averiguar entre otras cosas mi dirección postal, visite de vez en cuando el blogg. Más que nada, para darle las gracias.

viernes, 19 de octubre de 2007

Ay

La gramática hace una confesión de narcisismo universal con eso de que la primera persona del singular es, indiscutiblemente, “yo”. Los ingleses, en el colmo de la sinceridad, se lo ponen en mayúscula y escriben un number one (en números romanos incluso, que da más prestancia). A cambio o en consecuencia, cuando lo pronuncian se lamentan: ay. El egotismo es lo que tiene: duele. Yo, ay, algo anglófilo, lo sé por experiencia.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Premios gordos

Jorge Luis Borges pensaba que a los suecos se les daba mejor inventar la dinamita que otorgar premios. Qué clarividencia tuvo, pues él mismo se quedó sin Nobel por razones explosivas que nada tenían que ver con la literatura.

Este año el de Literatura, comparado con el de la Paz, es un remanso de ídem. Doris Lessing, tan feminista -ista -ista, no provoca ni frío ni calor. En cambio, las teorías del calentamiento me dejan frío. Por no pecar de frívolo, procuro no entrar en la discusión sin un estudio en profundidad que no me propongo hacer. Mi intención es esperar tomando el fresco a que los científicos se pongan de acuerdo, aunque en la intimidad me permito —perdonadme— cierto escepticismo. Es lógico: en mi adolescencia los algoreros se dedicaban a predecir una inminente glaciación y ahora, como en una ducha escocesa, auguran que nos asamos. Eso no hay credulidad que lo aguante.

Ni ayuda a despejar mi escepticismo que los más firmes partidarios del fatal desenlace se dejen una pasta en consumo de energía, como Al Gore, que en su mansión de Tennessee gasta más electricidad en un mes de la que utiliza un americano medio en un año. O como Zapatero, que, a pesar de su honda preocupación por el calentamiento global, se ha comprado en Almería un chalet a la vera de la playa, sin demostrar demasiado pavor a la anunciada subida del nivel de las aguas.

Hubiese sido prudente que los miembros del jurado del Nobel esperasen a que la comunidad científica alcanzara un consenso más amplio sobre la verdad (o no) incómoda (o no) del vídeo de Al Gore, aunque tampoco hay que pedirle peras a Oslo. El Nobel da para lo que da: un poco más que el premio Planeta. Su millón de euros ayudará al agraciado a pagar las facturas de la luz y tanta publicidad le permitirá colocar más conferencias al módico precio de 200.000 euros.

Ningún premio hace más admirable a un escritor ni convierte en ciertas las teorías de nadie. Las novelas de Doris Lessing no son hoy mejores que ayer. Ni aún peores. Ganará, eso sí, un montón de público, entre el que no me encontrarán a mí. Yo me haré el sueco, quiero decir, que seguiré siendo el juez de mis particulares premios nobeles. No me parece de recibo que unos señores que no tengo el gusto de conocer alteren mi plan de lecturas o suplanten mi veredicto personal.

Menos todavía cuando a uno le queda el regusto de que los jurados se eligen a sí mismos. Lo que buscan, sobre todo, es quedar ellos bien. Este año han querido posar de súper-fashion, o sea, de concienciación ecológica y alegato feminista. Y lo han conseguido. Pues hala, los felicito, señores, enhorabuena: ¡sois la bomba!
[Joly]

martes, 16 de octubre de 2007

Paradoja

Las tonterías más grandes las he leído en aforismos.
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— ¿Las llamarán máximas por eso?
— Y en otra versión: Lo malo, si breve, garrafal.
— ¿No sería al revés: Lo malo, si largo, catastrófico?
— Al revés es peor, pero se nota menos. Lo malo, si largo, aletarga. (Recuerden los versículos de Vicente Aleixandre.)

lunes, 15 de octubre de 2007

Evidente

En clase de Derecho Laboral tratamos el caso del profesor ciego que el año pasado daba clase en el instituto. Por Borges, por Milton, quizá por Homero y, de oídas, por Groussac, uno apenas ve la ceguera como una minusvalía, si me permiten la pose. Eso no se lo digo a los alumnos para no liarlos. Y porque no me da tiempo, que enseguida sentencia una alumna: “Aquel hombre era un malaje”. Intento poner la cara de malaje que corresponde en estos casos, pero no me sale. Sonrío sin remedio. La chica es lo que se dice bastante mona y debe de estar acostumbrada a que todos sus interlocutores se dulcifiquen ante ella. Por razones evidentes, ése no era el caso de mi compañero del año pasado.

viernes, 12 de octubre de 2007

Rojigualda


El viejo adagio “Timeo hominem unius libri” [Temo al hombre de un solo libro] necesita una readaptación. Para empezar está en latín, que es un idioma muy complicado para nuestra ministra de Cultura. Luego, la frase no es políticamente correcta porque parece que se refiere a los fundamentalistas del Corán, y eso hoy es inadmisible. Y ni siquiera vale contra el Cristianismo, pues la Biblia no es un libro, sino toda una biblioteca de 73 títulos, más de los que mucha gente ha leído en su vida.

Los hombres de una sola bandera sí que dan miedo. Lo lógico, en este mundo globalizado de múltiples intercambios y relaciones, es vivir varios patriotismos jerarquizados según los diversos intereses, afectos y lealtades. Querer ver el planeta a través del color de una sola enseña (sea del país, del partido o de la pedanía) es síntoma de una peligrosa estrechez mental.

La actitud cateta del nacionalismo excluyente es, para colmo, contagiosa como una gripe aviar. Algunos políticos creen enfrentarse a él defendiendo un neo-nacionalismo: “Si ellos catalanistas, nosotros andalucistas o valencianistas, ea.” En realidad, están bailándole el agua a los que aspiran a que España sea un catálogo de banderitas, como una verbena de barrio. Frente a la cerrazón nacionalista, la bandera a ondear, sin dejar de sentir los colores de cada región, es la rojigualda: la misma que defienden heroicamente los vascos y los catalanes que, amando su tierra y sus costumbres, se saben españoles.

Nuestra bandera no tiene un escudo único. El águila de Patmos voló al pasado. Pero el escudo actual, llamado constitucional, no termina de cuajar en las banderas que vemos en el fútbol, en algunas manifestaciones o en las pegatinas de los coches. Tal vez se debe a que el pueblo soberano, que es sabio, presiente oscuramente que la Constitución no está resultando un verdadero escudo capaz de proteger a España. Con frecuencia, podemos ver nuestra bandera sin escudo ninguno, a pecho descubierto.

Y sin embargo, poco a poco, el subconsciente colectivo va colocando en la bandera, como un símbolo, al toro bravo. No me extraña. Es el tótem de Iberia desde la Antigüedad: su piel extendida es nuestro mapa y en la fiesta nacional se hunden nuestras raíces míticas. Este país, tan trágico, podría hacer suyos los versos de aquel soneto de Miguel Hernández y decir “Como el toro he nacido para el luto/ y el dolor, como el toro estoy marcado/ por un hierro infernal en el costado…”

Hoy, entre todas mis banderas, entre la europea, la andaluza, un poco la murciana, la de El Puerto de Santa María, entre todas, pongo en el mástil más alto a la española, porque es la que está siendo banderilleada y picada por los fanáticos de las banderas únicas. Y les recuerdo que, con un verso impresionante, España, en aquel soneto, da este aviso a los nacionalistas: “Como el toro me crezco en el castigo.”
[Publicado a principios de 2006 en Alba]

jueves, 11 de octubre de 2007

Lo que falta

De un día para otro se dio cuenta de que su prosa no fluía. Leyó más, lo planificó todo mejor, fatigó borradores, cuidó cada coma, y seguía sin fluir. Sus amigos más perspicaces empezaron a notarlo y él notaba que lo notaban. Se obsesionó con un poema de d’Ors que habla de una hoguera apagándose. Yo le habría aconsejado que no se torturase, que en su mano no estaba devolver a sus escritos el calor y la música. Como soy el autor omnisciente de este microrrelato, no ignoro lo que ocurre. En un rincón un hombre anónimo ha dejado de leerle, no necesariamente por aburrimiento o disgusto, quizá por causas más circunstanciales, como defunción o traslado de localidad. Ni ese lector humilde, que bien podría ser lectora, ni él lo saben, pero la gracia alada de su prosa no era suya. Manaba de la mirada generosa que ahora falta, se pasaba a su prosa, contagiaba a sus perspicaces amigos, llegaba hasta algún crítico...

miércoles, 10 de octubre de 2007

Tenue elogio de la tristeza

Hasta Nehemías, cuya fuerza era la alegría de Dios, pasó por el trance de la tristeza: “En el mes de Nisán, el año veinte del rey Artajerjes, siendo yo encargado del vino, tomé vino y se lo ofrecí al rey. Anteriormente nunca había estado triste. Me dijo, pues, el rey: ‘¿Por qué ese semblante tan triste? Tú, enfermo no estás. ¿Acaso tienes alguna preocupación en el corazón?’ Yo quedé muy turbado, y dije al rey: ‘¡Viva por siempre el rey! ¿Cómo no ha de estar triste mi semblante, cuando la ciudad donde están las tumbas de mis padres está en ruinas, y sus puertas devoradas por el fuego?’” O sea, que la misma Biblia bendice, mutatis mutandis, el dolor de España, de tanta raigambre literaria. Y de tan rabiosa actualidad.

Por otra parte, la vida privada, fecunda en felicidades, también pega sus zarpazos en cuanto te descuidas. Entre anuncios de televisión, cojines, almohadones y promesas electorales, se nos olvida que la realidad presenta aristas cortantes. Olvidarlo es una pena (otra), porque los disgustos nos cogen por sorpresa. Más prudente sería preguntarse con frecuencia lo que el poeta Eduardo García: “¿Cómo reconciliarse con el mundo/ si es tan necio, veleta, tarambana,/ que es capaz de albergar al mismo tiempo/ el Taj Mahal, los campos de exterminio,/ la mezquindad, tu risa, la traición,/ los libros, la ignorancia, un cuerpo que fascina,/ el carbón y la sal, los muros y el espacio,/ el cáncer y las playas tropicales?”

Ante el dolor y el mal, el corazón nos pide embestir, lanza en ristre, contra los gigantes. Gigantes o molinos, que a saber… Lo malo es luego, molido, cuando no queda otro remedio que ser más cervantino que quijotesco, y asumir que la tristeza es la única manera de enfrentarse a ciertas cosas.

Pero entonces la tristeza es de justicia y nos afina y nos une a los otros y hay que llevarla en alto. Aunque sin olvidar aquella honda verdad de la que nos hablaba Claudio Rodríguez: “Déjame que te hable, en esta hora/ de dolor, con alegres/ palabras: Ya se sabe/ que el escorpión, la sanguijuela, el piojo,/ curan a veces: Pero tú oye, déjame/ decirte que, a pesar/ de tanta vida deplorable, sí,/ a pesar, y aún ahora/ que estamos en derrota, nunca en doma,/ el dolor es la nube,/ la alegría, el espacio;/ el dolor es el huésped,/ la alegría, la casa./ Que el dolor es la miel,/ símbolo de la muerte, y la alegría/ es agria, seca, nueva,/ lo único que tiene/ verdadero sentido./ Déjame que,/ con vieja sabiduría, diga:/ a pesar, a pesar/ de todos los pesares/ y aunque sea muy dolorosa, y aunque/ sea a veces inmunda, siempre, siempre/ la más honda verdad es la alegría”.

lunes, 8 de octubre de 2007

Una feliz desilusión

Pues resulta que aquel cuento que premiamos hace dos cursos y que tanto nos gustó (a mí, al resto del jurado y a ustedes mismos, lectores de este blogg) era un plagio como la copia de un pino. Ayer por la noche me lo encontré de cuento presente, presentado como historia popular, en el libro Francisco Fernández-Carvajal sobre [contra] la tibieza.

Y uno, en un segundo momento, se alegró mucho, porque la autora no me saludaba por los pasillos, me huía por el IES. Yo, que me quejé con mis compañeros y lo comenté en alguna cena de amigos, lo achacaba a que a nuestra juventud le avergüenza la excelencia y el talento, y que prefiere perderse en el magma de la mediocridad. Anoche descubrí que no. A la violinista le escocía la conciencia, lo que es una noticia prometedora.

Mi duda es si trincarla, antes de que se me escabulla, como suele, por las esquinas y explicarle que uno ha aPLAudido alguna vez comPLAcido el PLAgio, que la expresión sí era suya y estaba muy bien y que, en cualquier caso, la mala conciencia es un timbre de honor. No creo que lo haga, entre otras cosas, porque, ya digo, no hay quien la trinque por los pasillos.

domingo, 7 de octubre de 2007

Línea y literatura

La literatura no da para comer, pero no se para. Lo bueno de comer bien y tanto es que te permite oír hablar de Gamoneda sin atragantarte demasiado, en una amable modorra. Todo fluye a la orilla de un vino sardo. Y a la mañana siguiente se levanta uno sensible hacia los Special K que tiene mi suegra en su cocina. He leído con Special Kuriosidad la caja y he dado, cómo no, en los significativos resquicios que dejan las traducciones. En concreto, veo que los señores de Kellogg’s consideran a los españoles bastante vanidosos [“Presume de tu línea este verano”] mientras que destacan en los portugueses su motivación de logro [“Alcance a sua linha este verâo”]. No sé cuánta razón tendrán los cerealistas, porque hace decenios que ni presumo de línea ni la alcanzo. Y no es extraño, con tanto amor por la literatura...

viernes, 5 de octubre de 2007

Seguridades chestertonianas

Siempre brillante y siempre confundido, Ignacio le atiza este aforismo a Chesterton: Mi desacuerdo con Chesterton se puede resumir en que estoy seguro de que tendría problemas para condenar a ETA.

Efectivamente, como luego explica Ignacio en los comentarios, Gilberto creía en las patrias y creía en el deber de defenderlas y además tenía predilección por las pequeñajas y oprimidas, como Irlanda. Ignacio, en cambio, no cree en las patrias por lo mismo que piensa que para acabar con la rabia lo mejor es terminar con los perros. Ésta es su idea fuerza porque también quiere acabar con el fanatismo arrasando las religiones. Que Ignacio piense esto, mientras no se ponga manos a la obra, me parece bien y anima mucho las discusiones blogueras.

Lo que sí me importa es añadir que estoy seguro de que Chesterton no tendría ningún problema en condenar el terrorismo de ETA. Primero, por sus métodos, nada gallardos ni medievales, muy poco heroicos. Segundo, porque los pequeños y oprimidos en las Vascongadas son otros. Y tercero, porque quien ama las patrias (también las de los demás) prefiere las auténticas a las falsas. Chesterton era un forofo de la historia y no le hubiese pasado desapercibido el débil fundamento del fundamentalismo vasco.

Otra cosa es que los particularismos le hacía una gracia particular. Pero a él se la hubiera hecho no tanto el de los vascos y las vascas, como el particularismo de cada pueblo, el de cada barrio y, sobre todo, el de cada caserío. Los patriotismos de Chesterton se confundían, al final, con su pasión por el matrimonio y la casa propia. El fervor por Notting Hill fue una megalomanía de juventud, prácticamente un imperialismo.

Lo que sí habría hecho el gordo es excusar a aquellos que, creyendo que su patria está invadida, se revuelven como gatos. No sé qué pensará Ignacio de la Guerra de Independencia, pero yo estoy encantado con que nos sacudiéramos a los franchutes. Y para que nadie me acuse de francofobia, reconozco mi tierna devoción por Juana de Arco, que zumbó de lo lindo a mis admirados ingleses. Como el patriotismo tiene derecho a la legítima defensa, lo prudente sería que nadie envenenara a los niños vascos, ni catalanes, ni andaluces con patrias ficción. Por eso, como siempre cuando hablo del problema vasco, acabo con la educación, que es la clave. Y en mi Jon Juaristi, bien en prosa, bien en verso:

.....................SPOON RIVER, EUSKADI

¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes,
y por qué hemos matado tan estúpidamente?
Nuestros padres mintieron: eso es todo.

jueves, 4 de octubre de 2007

¡Adiós, patinadora!

Al fin caí en por qué me gustan tanto. Las patinadoras son la imagen exacta de la juventud: parecen mucho más altas, casi altivas, y pasan, pasan rápido, suavemente deslizándose.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Autoridad

No sé por qué nos referimos sistemáticamente a la escuela cuando se habla de crisis de autoridad. Toda España la sufre, y la escuela sólo es un reflejo, bastante mitigado. Empecemos aclarando el concepto de autoridad, que para muchos son los policías. Y no: ellos son los agentes de la autoridad o, mejor dicho, de la potestad.

Paralela a la potestad, que es el ejercicio del poder público, la autoridad es el saber reconocido, la capacidad creativa —autoridad viene de autor—, el prestigio personal y profesional, la integridad moral y el liderazgo auténtico que se hacen respetar por sí mismos. Aunque suene a paradoja, un componente fundamental de la autoridad es la obediencia. Obediencia a la verdad, a la justicia, a todo lo superior, en suma. Ése era el sentido del lema “por la gracia de Dios” de la monarquía: no tanto fardar de un privilegio como asumir la sumisión de la que emanaba su autoridad.

En el sistema actual, la autoridad de los gobernantes debe nacer de su obediencia al imperio de la ley. Si el presidente del Gobierno, los ministros, el Fiscal General no terminan de guardar ni de hacer guardar la Constitución, como juraron o prometieron, se desautorizan y la potestad se va quedando coja. Los radicales, entonces, se crecen: amenazan con “pim-pam” y Pumpido se esconde; cualquier municipio se salta la ley de banderas; o unos tipos queman retratos del Rey —riéndose, de paso, del Código Penal— y aquí no pasa nada, humo, cenizas, aire.

En cambio, a los ciudadanos de a pie se nos aplican las normas al pie de la letra. La cosa mosquea, porque la ley parece una telaraña que atrapa a los pequeños, pero que se quiebra y deja escapar a los animales más gordos. Lo más grave, con todo, es el desprestigio acelerado de las instituciones. Una democracia desautorizada se descompone en luchas de poder y demagogia.

Un síntoma de esta demagogia es el protagonismo que se da a la palabrería para la resolución de los problemas reales que plantean los incumplimientos descarados de la ley. Con los asesinos de ETA se dialoga; a los que incumplen la ley de banderas hay que convencerlos; Ibarreche, tras su órdago constitucional… va a oír a Zapatero, etc. ¿No sería más sencillo aplicar la ley sin tantos sofisticados sofismas ni zalameras soflamas?

Piénsese también en Educación para la Ciudadanía. En vez de clases magistrales y curiosos temarios, los políticos tendrían que dar el ejemplo cívico de un estricto ejercicio de sus funciones. Sería más pedagógico. Con lo que ven los alumnos, pobrecillos, bastante buenos son. Ni queman retratos invertidos de los directores ni exigen, a cambio de dejar de patear al profesor, un aprobado general en matemáticas. Al menos por ahora.
[Joly]