jueves, 6 de septiembre de 2012

Nuevos

Es una sensación insólita, pero se repite todos los septiembres. Llega un profesor nuevo al departamento y tenemos que ponernos, tras los saludos afectuosos, el repaso a la trayectoria profesional y un aluvión de buenos deseos, inmediatamente a negociar horarios, a planificar el curso, a unificar criterios y a cimentar como mínimo un buen compañerismo, si no una amistad. En los intersticios, intentamos investigar algo de nuestra vida y de su manera de ser, de pensar, de vivir... Me asombro cada año, aunque callo y disimulo, de la exuberante variedad que hay en el género humano. O para ser más exacto, me pasmo ante el milagro de un individuo, ante lo que viene siendo una persona, y que muchas veces, por la abstracta distancia o por la miope rutina, se nos pasa de largo. 

No me preocupa que sea una obviedad. Todo lo contrario. Me tendría que ocurrir ante cualquiera. Pero supongo que ocurre de una manera tan intensa con los nuevos de mi departamento por la tensión de estos días y por la necesidad de compenetrarnos de momento. 

Ah, aunque da vértigo, es un sentimiento agradable, a medias metafísico, a medias novelesco. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El mismo asombro compartía el poeta José Luis Tejada. Le oí decir que uno de los mayores encantos o regalos de la paternidad es que cada hijo salía con una personalidad distinta; ni parecida a la de cada uno de sus hermanos mayores, ni intermedia a la de cada uno de éstos.
Jilguero.

Javier Vicens dijo...

En cambio don Mario Benedetti -poeta no muy dulce- pintaba al nuevo como un ser obsequioso y genuflexo -más dispuesto a agradar que a negociar- y a quien solo podía augurarse una vejez amarguísima.