viernes, 14 de septiembre de 2012

Un cuento recontado reconsiderado

Un amigo me cuenta una historia de Chéjov, que o no conozco o —lo que sería muchísimo peor— he olvidado. Un sabio está disgustadísimo con un joven que le hace de secretario o le ejerce de discípulo o viene sencillamente a oírle, porque siempre se retrasa, desconsiderado, maldeducado, egoísta, irrespetuoso, mentiroso.... Según pasa el tiempo el enfado del sabio crece y crece, azuzado por su mujer, que le afea la falta de decisión y que, al final, cuando llegue el joven se achantará y lo recibirá con los brazos abiertos. La tensión aumenta. Pero cuando llega el joven,  el sabio, tal y como la mujer había previsto, se calma. Ni excusarse (un encuentro inopinado, otro amigo que atender, un paisaje que le entretuvo) le deja. "Nada, nada", le dice, quitándole importancia. Todo el enfado, concluye mi amigo, consistía en la impaciencia del sabio por recibir al encantador joven. Qué bonito sería, ya pensé yo por mi cuenta y riesgo, que todos esos que parecen furiosamente enfadados con Cristo no estén sino desfogando una impaciencia que les reconcome. Amén.  

4 comentarios:

Anónimo dijo...

El disgusto del sabio por el retraso del joven me recuerda el estado de ánimo, agitado e inquieto, del Zorro cuando llega la hora de recibir al Principito.
Jilguero.

Jesús Sanz Rioja dijo...

Estupenda interpretación, que además te deja pensando. Si es así, y ojalá lo sea, menudo papelón el nuestro cuando a nuestra vez nos impacientamos con ellos y les mentamos a la madre. Nada menos que estaríamos retrasando el encuentro.

Enrique García-Máiquez dijo...

Gracias por ambas lecturas. Y eso, Jesús, ojalá fuese una interpretación correcta en muchos casos. Si lo fuese, compensaba nuestro papelón. Peor aún es el de la mujer, jaleando el cabreo.

Adaldrida dijo...

Qué post más bonito has escrito, Enrique. Y verdadero. También pasa con marido y mujer, yo lo he visto algunas veces.