domingo, 18 de enero de 2015

Kotzwinkle, William: El nadador en el mar secreto








[Camino de la maternidad, cuando ya habían empezado las contracciones, Laski] Sabía bien que no debía preguntarle cómo estaba. [a su mujer Diane]
 
[Ya en el parto] Y ésta, pensó Laski, es la razón de nuestro esfuerzo, que pueda venir el amor al mundo.
 *
[El niño ha nacido muerto y el médico les dice que podrán tener otro. Piensa Laski:] Se ha creído que eso es lo que estaba en juego, nuestro deseo de tener un hijo, cualquier hijo, no este hijo en particular que hacíamos balancear entre nosotros dos por el camino. Es imposible que sepan lo especial que es.
 
Laski se agachó para darle un beso y notó en la mejilla el lento discurrir de las lágrimas de Diane.
 
[Siente la presencia muy viva de su hijo y lo sueña con él, luego…] Ya se va, pensó Laski. Ha madurado y me abandona.
 
[Un encuentro en la puerta de la Maternidad]
—¿Qué ha sido? —preguntó el hombre, sin volver la mirada atrás, con los ojos fijos en la pista.
Laski titubeó mientras se alzaban en su mente los fragmentos de distintas explicaciones —el bebé murió, no hemos tenido nada—, pero luego sintió brotar de nuevo repentinamente el espíritu del hijo en su corazón y respondió.
—Niño.
—Felicidades —dijo el hombre.
 
[el médico] Sé que es duro perder a tu primer hijo cuando ya tienes treinta años. [El libro es muy sobrio, deja al lector su parte. Aquí no glosa la insensibilidad del médico]
 
[Laski es escultor de madera y se dispone a hacer él mismo el ataúd. Al principio le da cierta aversión, pero] … pensando en los viejos tiempos, cuando se daba por hecho que los hombres armaban los ataúdes de sus seres queridos, y se dio cuenta de que estaba bien así, de que se trababa de un privilegio que ya pocos hombres conservan.
 *
[Duda si no será mejor incinerarlo para no quedar “atados a esa tierra para siempre”. Ya en la puerta de la funeraria, se vuelve, dispuesto a enterrarlo y le explica a Diane que la idea de incinerarlo] Sólo era un sueño con el que pretendía protegerme de la verdad de la muerte.
 
—La próxima vez tendrás más suerte —dijo la enfermera. [Y dale todo el mundo con la próxima vez.]
 
La caja estaba entre ellos, en el asiento delantero y por un instante Laski olió el dulce perfume de la muerte. ¿O era el olor de la madera?
 
Sus manos se tocaron al coincidir en la tapa de la caja de pino.
 *
[Han de realizar mucho papeleo para poder enterrarlo en el bosque que rodea la casa] Qué asustados estamos, pensó, si hasta para enterrar a los muertos necesitamos permiso del gobierno.


[puso el pequeño ataúd sobre un trineo para llevarlo junto al río y el libro acaba con este párrafo] Por la cuesta que se extendía más allá del viejo granero, el trineo se desplazaba solo y Laski iba corriendo a su lado, guiándolo por medio de la cuerda y haciéndolo pasar entre unos pimpollos de piceas. Los brazos de aquellos arbolitos tocaban la caja y dejaban caer algunas agujas y unas pocas piñas diminutas. 

1 comentario:

Isa dijo...

Sólo estas pinceladas ya golpean. ¡Bufff!